LA PRIVATIZACIÓN DE LA POLÍTICA
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CAMBIAR EL MODELO

06/12/2009
FERNANDO VÁZQUEZ RIGADA

A LA MEMORIA DE ROBERTO BRAVO, MÉDICO EXCEPCIONAL, HOMBRE EJEMPLAR, AMIGO

No hay, en este momento mexicano, mayor prioridad que la económica. Lo revelan todos los indicadores. Lo arrojan todas las encuestas. Lo expresan los círculos más influyentes en México y en el exterior.
Tenemos un modelo que no ha funcionado. No hay crecimiento, empleo ni distribución de la riqueza. No hay, tampoco, empuje en la productividad, innovación, inyección tecnológica en los procesos productivos. No hemos sido capaces, desde 1994, de encender nuevos motores económicos que impulsen el crecimiento.
Bajo las condiciones actuales, el modelo económico sólo ha servido para estabilizar una economía –sin mucho éxito este año- y obtener niveles adecuados de inflación. Por ello, no sirve para empujar el crecimiento, promover la competitividad e insertarnos en la globalidad. No nos sirve, fundamentalmente, porque, para decirlo en palabras de Michel Bachelet, no podemos incluir porque no podemos crecer.
Las instituciones que podrían promover el crecimiento son frágiles o ineficientes. El Banco de México, por un lado, tiene un mandato restringido: su objetivo central y (casi) único es garantizar la estabilidad, vía tipo de cambio e inflación. No posee, como sí lo tiene la FED de los Estados Unidos, la obligación de combatir la inflación y promover el crecimiento. Se trata de una grave laguna legal que se debe corregir. En el Banco de México se encuentran más de 80 mil millones de dólares en reservas que han sido calcinados en la caldera del pánico y la especulación para defender la fragilidad del peso y promover la estabilidad cambiaria.
En cambio, si tuviera la posibilidad y la obligación constitucional de promover el crecimiento, parte de esos recursos, así como la política monetaria, se podría haber usado para impulsar proyectos de gran calado y arrastre.
Por otro lado, la Banca de Desarrollo se ha ido desmantelando y disminuyendo su contribución en el PIB, pasando del 28% a menos del 5% en tres lustros. La carencia de recursos es una de las principales trampas al crecimiento empresarial.
Los organismos reguladores, como la Comisión Federal de Competencia o la COFETEL, se encuentran imposibilitados de actuar con eficiencia porque carecen de facultades de sanción importantes o de la posibilidad de ordenar el desmantelamiento de monopolios. En el caso de la COFETEL, se sospecha su captura por las empresas reguladas.
El CONACYT, que debería impulsar la innovación y el desarrollo tecnológico, ha sido incapaz de articular políticas públicas que enlacen a los procesos productivos con incentivos para desarrollar tecnologías aplicadas. Mientras México registró el año pasado algo más de 350 patentes, Estados Unidos registró más de 150 mil. Una empresa como IBM registra legalmente una innovación cada dos horas.
La fragilidad institucional que padece el modelo económico tiene mucho que ver con una ideología que pugna por un estado pequeño y por la preeminencia del mercado; que vela por la estabilidad como máxima prioridad nacional; que establece que los programas económicos no deben tener signos de interés nacional sino solo de eficiencia.
El problema es que la dura realidad desmiente las afirmaciones de los idólatras del mercado. Lo ha hecho desde hace mucho, sólo que desde el año pasado el desmentido ha sido global.
El tamaño del estado importa, por supuesto, pero importa mucho más su eficiencia y fortaleza. Lo que se ha hecho en México ha sido no reducir las dimensiones del estado, sino debilitarlo a tal grado que fue capturado por diferentes actores: desde el narco hasta los monopolios. Lo que México requiere es un rediseño de sus instituciones para fortalecerlas y que funjan como la plataforma elemental del crecimiento. Esa es una constante en los procesos exitosos de crecimiento acelerado: de la India a Brasil, y de Irlanda a Singapur. No conozco ningún ejemplo de reforma económica exitosa con un estado débil.
Los sacerdotes del mercado han fallado, con todo, con un evangelio fundamental: aún bajo el supuesto de que es el mercado quien debe prevalecer en un modelo de crecimiento, no se han adoptado las políticas necesarias para hacer que el mercado funcione. Persisten los monopolios, las fallas estructurales en la competencia, que impiden una interactuación adecuado de las fuerzas del mercado. El terreno de juego está desnivelado. Unos juegan con la cancha hacia abajo, el viento a su favor y el árbitro beneficiándoles.
La estabilidad no puede ser el precepto central de todo el modelo. Debe ser la competitividad. Y esto implica incluir una serie de variables, públicas y privadas, que desemboquen en el crecimiento para del crecimiento pasar a la igualdad. Estados Unidos no podría haber registrado algunas buenas noticias en el último tramo del año sin una FED activa que inyectó recursos suficientes a tiempo para reactivar los mercados. China no tendrá hoy un crecimiento asombroso si su estado no tuviera como prioridad mantener el crecimiento como prioridad nacional. En México, en cambio, somos campeones dobles: del combate a la inflación y de la generación de pobreza. Mientras no se movilicen los recursos para crecer, seguiremos siendo un cuerpo en coma, pero estable.
Por último, hay sectores económicos que deben mantenerse como prioridad nacional, aún a base de políticas proteccionistas. El campo es un ejemplo. La Unión Europea mantiene subsidios (palabra maldita en México) anuales a sus productores del campo por más de 350 mil millones de euros anuales mientras nosotros enviamos a 17 millones de campesinos a la ruina y a engrosar las filas de la miseria. La gran industria de la innovación en los Estados Unidos, que hoy mantiene a ese país como la indiscutible superpotencia mundial, floreció por enormes transferencias públicas durante décadas que se hicieron al amparo de la política de defensa del país. El desarrollo tecnológico se dio para generar sofisticados sistemas militares que incubaron una cultura de la investigación y el desarrollo.
La redefinición del modelo económico nacional es la más alta prioridad que tenemos. La indecisión del presidente para resolver el futuro de una de las dos instituciones torales del mismo –el Banco de México- cuando no de las dos, revela la grave dubitación que impera en el mando de la República. Amagar con nombramientos de afectos y no de experiencias probadas es invitar a que el país reviente.
En suma: el país tiene una enorme agenda pendiente, pero no tiene el liderazgo necesario para acometerla

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