GOMEZ MONT
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EL DESALIENTO QUE NOS INUNDA

07/02/2010

Es cada día más clara la urgencia de realizar un gran esfuerzo nacional para reconstituir el tejido social de la República. México amenaza con desgajarse si no se realizan las acciones inmediatas para otorgar bienestar y garantizar un clima de concordia dentro del territorio nacional.

El hecho de que la pobreza se haya disparado, generando doce millones de nuevos pobres sólo en este sexenio; la certeza de que la corrupción carcome a las instituciones públicas, y de que los canales de impartición de justicia están taponeados y en subasta; el profundo desencanto social con respecto a los resultados de la democracia, son elementos de un ambiente de desaliento y de confusión.

El país sufre una grave crisis moral. Hay una tragedia silenciosa en los hechos delictivos que ya no nos sorprenden, precisamente por abrumadores, por cotidianos. Nuestros jóvenes están perdiendo los valores que nos nutren como país libre e incluyente. La carencia de oportunidades los ha enviado al hampa, a la informalidad o a abandonar el país y migrar.

La penetración de la cultura de la violencia, de la muerte –que nunca es santa- está generando una deformación en nuestro sedimento social. La convivencia se enturbia. Surgen falsos ídolos. Se impulsa desde los medios masivos una cultura de lo superfluo y de la caracterización del éxito personalizado y excluyente, sin conexiones con eso que llamamos colectividad.

Hemos ido permitiendo que una especie de virus infecte nuestra vida pública sin entender la gravedad de las consecuencias. El debilitamiento de la escuela pública, de la enseñanza y formación de valores cívicos es una de las grandes tragedias nacionales. La cooptación del magisterio por las redes políticas, la perpetuación de cacicazgos por años, ha hecho que la escuela sea un botín con grados decrecientes de calidad.

El desaliento que nos inunda va penetrando en las colonias, en los barrios. El corrido se sustituye en su forma y en su fondo. México ya no canta las glorias de los luchadores sociales sino las aventuras de los delincuentes. Su contenido refleja el cambio de un país rural a otro urbano y de una en movimiento a otro en descomposición. Ya no se puede cantar a un caballo o a un gallo por ser inasequible para la vida urbana. Pero tampoco se puede cantar ya a los personajes que nutren el cambio por el sencillo pero trágico hecho de que la nación carece de liderazgos creíbles, con raíces hondas en la base social. La culpa no es del corrido. Este es sólo un espejo de la realidad que lo alimenta.

El corrido, dice Miguel Ángel Palou, nos da una certeza: el personaje central va a morir. Lo que se ha modificado es la caracterización de la muerte: antes se moría por una causa y hoy se muere por la crueldad del crimen. Los ídolos que se han apoderado del imaginario colectivo son ahora los ángeles de la muerte que, pese a todo, han salido de esa masa sin futuro y carente de oportunidades así sea a base de sangre, de crueldad y de quebrar la ley.

El país, nuestros hijos, reciben el insumo de una cultura en que todo lo ilegal es válido. México sigue siendo un país que tiene más reglas que leyes. Se cumplen los pactos no escritos a costa de pasar por encima del derecho. Triste futuro para una generación que empuja, que demanda, si no logramos remediarlo.

Quizá la solución entender que la solidaridad, uno de los cimientos más importantes de la mexicanidad, permanece ahí y aflora en los momentos de tragedia y desventura. Es posible movilizar los recursos y la creatividad positiva que aún queda en el país entendiendo que debemos transmitir el sentido la urgencia, de la emergencia a un país que, lamentablemente, se nos deshace entre las manos.

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