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EL RETO DEL PRI (II)

05/09/2010

Para volver al poder en 2012, el PRI debe cumplir dos retos. Uno, ya comentado, implica la necesidad de utilizar su poder actual y su experiencia para transformar al país. El PRI está lleno de diagnósticos pero vacío de propuestas para corregir los grandes males nacionales. Teme al costo político de tomar decisiones, ignorando que, siempre, la peor decisión es aquella que no se toma.

El segundo reto del PRI es vencer la certeza de amplios sectores del país de que su vuelta no es un regreso: es una regresión. Existen círculos muy influyentes de la República que piensan que el PRI no debe volver a los Pinos porque eso implica dar un salto cualitativo a un pasado que, paradójicamente, ya no está pero que tampoco se ha ido.

Para superar este reto, el viejo Partido de la Revolución tendrá que enviar desde los Estados y desde sus bancadas en el Congreso el mensaje que ha aprendido las lecciones por las cuales los mexicanos lo forzaron al retiro presidencial en el año 2000.

Muchos mexicanos temen el regreso del PRI porque no saben cuál es el PRI que volverá. Y es que, desde sus orígenes, el partido son muchos partidos: en su seno conviven fuerzas modernizadoras y enclaves autoritarios propios de un pasado que el país quiere superar.

El gran dilema del partido es decidir el peso específico de cada una de estas fuerzas y la conjugación de sus intereses internos para, en la unidad, lograr proyectar la imagen de un partido renovado, preparado, decidido a realizar los cambios que se han pospuesto a lo largo de la última década y que tiene postrado al desarrollo nacional.

Este mensaje debe ser de fondo y de forma. El fondo tiene que ver con el contenido de un nuevo proyecto de país, con la confección de nuevas políticas públicas, con el impulso a reformas sustantivas y con la adopción de una agenda de modernidad: honestidad, transparencia, rendición de cuentas, competitividad, profundización democrática, derechos humanos, libertad de expresión.

Pero está también la forma, en donde existen gobernantes impresentables, lenguajes soeces, la inmoralidad hecha política de Estado. Está el despilfarro y el desorden, que conducen siempre a una bancarrota doble: la de las finanzas y la de la credibilidad. Está la tentación de ser hombres fuertes, omnipresentes y supresores de la libertad de expresión en favor del culto a la personalidad.

El cambio generacional que se ha promovido en los Estados deberá desembocar en eso: en un cambio en la forma de ejercer política, en la presentación de un rostro joven pero con una forma de pensar y de actuar también joven.

Esas son las coordenadas que conducen a la realización del sueño de volver al poder.
Por el otro camino, el de siempre, la intentona es sólo eso: un sueño que tendrá un amargo despertar

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