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EL RETO DEL PRI

25/07/2010

Terminaron finalmente las elecciones. ¿Y ahora qué? ¿Qué ocurre con el país? ¿Qué haremos mientras el resto del mundo avanza?, algunos países de manera vertiginosa: China, la India, Brasil. México llega con 10 años de retraso a reformas fundamentales. Son reformas en tres vertientes: una vertiente de reformas legislativas; otra vertiente de reformas en la forma de diseñar y operar políticas públicas; y una última que redefina las relaciones políticas entre los actores de la República.

Max Weber definió a la ética del político en dos vertientes: la ética de la convicción o la ética de la responsabilidad. La primera atiende a los fines, sin importar los medios. La segunda atiende no sólo a la consecución de objetivos sino también a las consecuencias que ello conlleva.

El PAN ha decidido ya ceñirse a una ética de la convicción: frenar al PRI en su camino hacia los Pinos, sin importar las consecuencias que eso tenga para el país. La responsabilidad del viejo partido de la Revolución es, entonces, diferenciarse de esa política y lanzar un mensaje claro, indudable a los mexicanos de que es capaz no sólo de controlar los principales resortes de la gobernación del país, sino también de que está dispuesto a usarlos para mover a la nación. El PRI debe ceñirse a una ética de la responsabilidad. Mostrar que es mayoría para ocuparse de los grandes problemas nacionales.

No hay forma de negar, con cordura, lo obvio: el 4 de julio el gran triunfador fue el PRI. Se alzó con la victoria en 9 de 12 Gubernaturas. Conservó el tercer padrón del país y la quinta y sexta economías: Veracruz y Chihuahua. De 294 Distritos en disputa, se quedó con 197. Ganó en 11 de las 13 capitales que se renovaron. Arrasó en las elecciones locales de Baja California, la primera entidad gobernada por el PAN y otrora bastión de ese partido: ganó en 13 de 16 Distritos y en todos los Municipios. En Yucatán, recuperó Mérida.

La única novedad fue que las coaliciones fueron capaces de encontrar una fórmula, extraña y poco consistente, pero fórmula al fin, de ganar al PRI, básicamente en dos de sus bastiones: Puebla y Oaxaca. Ahí ocurrió una combinación de factores: Gobernadores impresentables, malos candidatos, coaliciones opositoras de alto espectro y movilización masiva de recursos de ambos bandos. En Sinaloa no gana la coalición. Simplemente, el PRI se vence a sí mismo. Pese a todo, si hubiera frialdad en el análisis, habría que reconocer que las coaliciones fueron derrotadas en otras tres entidades, en donde no había las condiciones mencionadas.

Muy bien. El PRI ganó la elección, igual que lo hizo en el 2009. La pregunta central no es esa, sino ¿para qué ganó?
El camino hacia los Pinos, en el año 2012, pasa por la urgencia de destrabar reformas y sustituir a un poder inútil, bisoño y visceral. El país no puede esperar más. En dos comicios consecutivos, unos federales y otros estatales, los ciudadanos le han dado un claro mandato al partido para hacer lo que, en teoría, sabe: gobernar y oxigenar la cosa pública del país con nuevos instrumentos.

Hasta ahora, el cálculo político priísta ha superado a la política de la urgencia. Ganar elecciones ha sido el principal objetivo y no movilizar sus recursos políticos para destrabar los frenos al desarrollo nacional.

El PRI tiene mayoría en la Cámara Baja y es un gozne de gobernabilidad en el Senado. Controla 19 gobiernos estatales, lo que le da mayoría en la CONAGO. Entre los estados que gobierna se incluyen las economías uno, tres, cinco y seis del país. Es mayoría en más de la mitad de los Congresos locales del país. Gobierna a más de la mitad de la población del país en el nivel municipal y tiene una mayoría calificada de capitales estatales. No hay, pues, pretexto para retardar más las decisiones fundamentales que el país reclama.

Llegó el momento de definir un nuevo proyecto de país. La victoria del tricolor en el 2012 no pasa por doblar a una hipotética y lejana coalición opositora: pasa por demostrar a México que el poder político puede servir para hacer grandes transformaciones.

El peor costo que en política se puede pagar, no olvidarlo, es no utilizar el poder. Este siempre, enseña la historia, se vuelve en contra de quien se niega a usarlo.

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