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LA CONCERTACIÓN QUE SE VA

24/01/2010

Hay diversas actividades en la vida en la que es más importante la salida que la entrada. La política es una de ellas. Preservar el prestigio, la altura, el nombre, la serenidad, no es fácil en asuntos de poder.

Chile sigue dando lecciones al mundo y a México, muy especialmente. La transición chilena concluyó el domingo pasado, con la derrota de la Concertación: una alianza de izquierdas que gobernó al país desde 1990, cuando Augusto Pinochet finalmente abandonó el poder. La alternancia confirma la presencia de la consolidación democrática.

Llama la atención, sobre todo en el contexto mexicano, la civilidad con la que se da esta alternancia. El candidato triunfador es un connotado empresario que se presentó al electorado con una agenda de centro derecha. Sebastián Piñera es un multimillonario con más de mil millones de dólares. Entre sus empresas se cuentan un canal de televisión y acciones en el equipo de fútbol Colocolo. Prometió mantener los programas sociales que implementó, particularmente, Bachelet, sin abandonar el énfasis de inclusión en la política económica. A cambio, se comprometió a acelerar el crecimiento. Su moderación le permitió llevar a la derecha al poder, obteniendo su primer triunfo electoral desde 1958.

La elección se resolvió por apenas 3 puntos porcentuales: suficientes para otorgar un mandato legítimo y legal. Eduardo Frei, ex Presidente y candidato perdedor, acudió a las oficinas de campaña del nuevo Presidente la noche misma de la segunda vuelta para felicitarle.

La concertación se va, pero sale por la puerta grande. No han sido menores sus logros. El crecimiento económico promedio de la era del gobierno de izquierdas fue de 5%. En dos décadas, duplicaron el tamaño de la economía. En nueve de esos veinte años, la economía registró tasas aceleradas de crecimiento de más de 5% anual. De ellos, en tres fue superior al 8%. El ingreso por persona creció de 2, 400 dólares a 9 mil, es decir: cuadruplicaron el ingreso de cada chileno.

Es un sinsentido decir que la concertación se trepó sobre los logros económicos de Pinochet. La economía bajo la dictadura creció a 3.5% anual y el ingreso por persona no se movió: permaneció estable en 2,400 mil dólares anuales. Pese a ello, la concentración de la riqueza se concentró con el dictador. Aún así, si se hubieran registrado logros espectaculares –que no sucedió- el costo humano, moral, los haría inaceptables. Con todo es, pues, un mito genial que la bonanza chilena provino exclusivamente de Pinochet.

La Concertación promovió políticas sumamente inteligentes de desarrollo, que llevaron al país a rebasar en México en los índices de competitividad.

Un aspecto fundamental de la gestión de estos gobiernos de izquierdas fue su moderación y su alta responsabilidad política. Es posible que el drama de la dictadura, la locura de la represión y la quiebra moral del país hayan gestado una clase política sensata y de gran compromiso con la concordia y la estabilidad.

Cierto es que Pinochet aseguró su impunidad a través de mantener, por un lado, la Jefatura del Ejército y, después, detentar el cargo de Senador vitalicio. A pesar de ello, sin embargo, los Presidentes chilenos –de Aylwin a Bachelet- supieron conducir al país sin sobresaltos, mirando al futuro y tratando de trascender al pasado. Contaron con Mandatarios que se pueden considerar, sin lugar a dudas, estadistas: particularmente Ricardo Lagos.

La concertación se va, pese a sus logros. ¿Por qué? Michelle Bachelet registraba un alto índice de popularidad: 7 de cada diez chilenos aprueban su gestión. El país capoteó más o menos la crisis –su economía cayó sólo 1.9%- y logró, algo que parecía imposible: reducir la desigualdad que carcomía a la sociedad. Bachelet implementó una agresiva política social bajo la divisa de “crecer incluyendo”.

Ocurrió, sin embargo, que sobre la Concertación recayeron varios factores adversos. En primer lugar, el desgaste propio de la función de gobierno. Veinte años son muchos, a pesar de que los resultados hayan sido buenos. 2009 fue, finalmente, un año complejo en donde la economía cayó por primera vez en una década.

Más importante, con todo, fue la ruptura interna. Algunas fuerzas de izquierda la abandonaron y presentaron a su propio candidato, un joven carismático, Diputado con fuerte presencia televisiva, que se llevó en la primera vuelta el 20% de los votos. El efecto fue proyectar la debilidad de la izquierda para la segunda vuelta. La segunda razón de peso fue la incapacidad de las izquierdas para renovar sus cuadros. Frei había sido ya Presidente y cuenta con 67 años. Su principal competidor por la nominación fue otro ex Presidente: Ricardo Lagos. Para una sociedad joven, elegir a alguien que ya había detentado el poder, generacionalmente ajeno a la mayoría de los votantes, fue quizá demasiado. La mitad del Congreso se integra ahora por jóvenes independientes que ganaron a los viejos cuadros de la Concertación.

Con todo, las lecciones quedan ahí. Ahí se registra la superación del trauma terrible de la dictadura, la corrección de la política económica y su profundo sentido social. Queda el nombre restituido de la República y la incapacidad interna de renovarse. Queda, sobre todo, la aceptación de la derrota, abandonando el poder pero no la bandera con la que doblaron a Pinochet, la libertad, ni la divisa con la que le dijeron adiós: “Chile, la alegría ya viene”.

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