LA RIQUEZA DEL EXILIO (O LA GENEROSIDAD PERDIDA)

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LA RIQUEZA DEL EXILIO (O LA GENEROSIDAD PERDIDA)

21/06/2009

México ha ido cerrando los brazos. La decadencia de este tiempo mexicano ha activado el surgimiento de una doble moral, de un doble discurso y de una erosión de los valores que un día nos Distinguieron ante el mundo.
Gran parte del lustre internacional del país provino de una política solidaria, soberana, valiente e inteligente. Porfirio Díaz entendió los riesgos de la vecindad con Estados Unidos y buscó la diversificación acercándose a Europa, pero también a América Latina. Envío un buque a rescatar al presidente Nicaragüense José Santos Zelaya, depuesto por el poder norteamericano.
El triunfo de la revolución tuvo momentos de claroscuros. Una de las páginas más lamentables fue la persecución de la comunidad china por parte de Álvaro Obregón. Con todo, fuera de este episodio vergonzoso, el Estado Mexicano y la población acogió con gran generosidad a todos aquellos que buscaron, aquí, la libertad o la prosperidad que sus patrias les negaban.
La grandeza mexicana se nutrió con la llegada de migrantes y de exiliados. Gilberto Bosques, un diplomático que escribió una de las páginas más bellas y honrosas del país, desde su consulado en Marsella, salvó la vida a cientos, quizá miles de judíos que huían de la locura del nazismo. Bosques, con un visado, les otorgó más que las llaves de un sitio donde fundar un hogar: les extendió la vida.
La apertura de nuestra embajada en las horas oscuras del golpe en la Moneda en 1973 dio la posibilidad a cientos de chilenos para exiliarse y llegar aquí, a donde los clichés han dicho que residía la dictadura perfecta pero que el testimonio de cualquier exiliado que haya padecido la mano fría de un dictador haría que los intelectuales que nos han calificado así bajaran la mirada.
Se han cumplido 70 años del exilio español: quizá la migración más luminosa de las que han beneficiado a nuestro país. Muchos somos, de una u otra forma, producto del exilio. Mi historia, en particular, no está vinculada al exilio de la guerra civil, pero sí a uno peor: el exilio del hambre. En todo caso, México se abrió generoso a todo aquel que buscara, con su trabajo, con su talento, volver a empezar.
Son conmovedores los relatos del arribo a Veracruz del buque Mexique, que traía consigo una gran carga de esperanza. Eran los niños de la guerra: sus huérfanos, los restos de las familias desbaratadas por aquella España que moría de manos de España. Aquellos fueron momentos de gran dignidad y honra.
Hoy, en medio de esta degradación que sufrimos, vemos, impasibles, los saldos y las cifras de nuestra actuación reciente.
Los saldos: ahora somos los exiliados. Un mexicano, cada minuto, perfora la frontera norte, huyendo de la exclusión que significa siempre la miseria. Allá, nuestros compatriotas se enfrentan, en ocasiones, a maltratos y atropellos. Hay un México Allende México que puebla toda la geografía de la gran superpotencia mundial.
Pero al mismo tiempo están las cifras. Nuestra frontera sur se perfora de idéntica manera por miles de centroamericanos que buscan un mejor provenir. Aquí se les ha sometido a un trato injusto, muchas veces vejatorio. La autoridad de migración les extorsiona, les encarcela, les prostituye. Una red internacional de prostitución forzada fue denunciada este mes desde Mérida.
El crimen organizado les secuestra y esclaviza. Las cifras de los ONGS hablan de 80 centroamericanos que se refugian en iglesias cada día. La CNDH, por su parte, ha denunciado que 9,758 migrantes centroamericanos fueron secuestrados en los últimos seis meses por bandas criminales. De ellos, 59 son niños.
La gran tristeza es que las cifras ya no conmueven, ni alertan. México está perdiendo su capacidad de asombro pero también su capacidad de indignación. La apuesta a judicializar la vida pública sin un anclaje de educación, salud y civismo nos está convirtiendo en una nación que ofrece culto a la muerte, a la violencia, a la adicción.
México corre el riesgo de acostumbrarse a ver el verde olivo en las calles, a escuchar la estridencia en el discurso público, a creer que la valentía, el arrojo y la gallardía y no la templanza, la preparación y la negociación son los atributos mejores para gobernar. A preferir el garrote a la palabra; la orden de aprehensión al diálogo. México ya no canta corridos de revolucionarios, sino de narcotraficantes. México, cumpliendo la profecía de Hemingway, ha dejado de ver la lamentable tragedia humana que se esconde siempre en los pliegues de cada cifra que se publica.
México ya no se inquieta por todo aquello que toca y se desmorona podrido por la corrupción. Nos pueden mostrar cualquier cosa: niños quemados, policías ejecutores, curas pederastas. Da igual. La nación ya no se nutre de los exilios: los viola. Exigimos allá lo que no somos capaces de garantizar acá. El paisaje mexicano se tiñe de indolencia. El riesgo es mayúsculo: poco a poco, nuestros hijos dejarán de ser lo que fuimos, lo que hemos sido, lo que siempre soñamos ser

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