REFORMAR LA VIDA
septiembre 25, 2013
EL QUE LLEGO SE VA
septiembre 25, 2013

PATRIA

21/09/2010

Hace tiempo aprendí a quererte. No me acuerdo desde cuándo: así de grande, de generoso, de gratuito tú cariño. Pronto, muy pronto, me acogiste en tu seno. Abriste grandes tus brazos para hacerme saber que éramos lo mismo: que ahí estarías, siempre, para recibirme a mí y a los míos.

Tu cuerpo llenó pronto mi vida y cobijó a mis muertos. Protegiste siempre su recuerdo y lo preservaste para salvarlos del naufragio demoledor que es siempre el olvido.

De ti aprendí lo que es la gallardía, el valor, el don de la inteligencia y la tolerancia. Te quiero plural e igualitaria, porque la vida bajo tu ejemplo me ha mostrado que no hay otra forma más digna de transcurrir en la existencia. Aprendí las duras lecciones de la exclusión y de la tristeza de quien se sabe señalado por ser distinto. Siempre nos recuerdas que nos trajiste para eso: para saber decir no.

Me gusta tu voz vieja y sabia. De ti abrevé la cultura y aprendí a amar la palabra. Conozco bien tus rasgos porque en libertad me has permitido recorrerte y me has mostrado a quienes te han retratado de mil maneras para asegurarnos que todo, en la vida, tiene más de una forma de ser visto. Me he enamorado con tu canto y tus acordes, inagotables, complejos, que lo mismo cantan alegría, que picardía o desamor.

He visto tus manos que se erosionan y tu cuerpo que se seca o que se inunda. Con todo, tu savia sigue nutriendo la vida de tantos, particularmente de aquellos que no tienen nada, salvo lo que tú puedas ofrecerles. Tu drama repetido, una y otra vez, apela al recuerdo pero también a la comprensión: a entender lo que fuiste, lo que eres, y lo que serás, dependiendo siempre de lo que hagamos nosotros de ti, tus hijos. Tu enseñanza incluye palabras grandes y hondas: Libertad, Igualdad, Revolución, Independencia.

He conocido del dolor de saberte lejos, porque la distancia, en la vida, sirve para sellar el amor: jamás para diluirlo.

Por eso hoy te escribo breve, mezclada la angustia y la alegría. Me consternan tus heridas, tu aflicción, tus tumores, tus temores. Comprendo tu angustia de sentirnos solos y desamparados. Sé, en mis hijos, la locura de no poder protegerlos. Lloro tu llanto. Pero al mismo tiempo me alegra que, pese a todo, pese a nosotros, estés viva, llena de color y, tercamente, de esperanza.

No sé qué es más grande hoy: mi felicidad o mi orgullo. Felicidad de saber que cumples doscientos años. El orgullo de haber tenido el privilegio irrepetible de haber nacido aquí.

Comentarios

comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*