LA SUPRESIÓN DEL ADVERSARIO
Octubre 4, 2013
UNIDAD
Octubre 4, 2013

CHURCHILL

23/05/2011

El poder tiene muchas consecuencias sobre quien lo detenta. Lord Acton sentenció: el poder corrompe. El poder absoluto corrompe absolutamente. Transforma a los seres humanos hasta convertirlos, casi, en alguien irreconocible. Jesús Reyes Heroles decía que para conocer a un hombre había que darle poder y quitárselo. Pero quizá quien mejor definió la devastación psicológica del poder fue Adolfo Ruíz Cortines. Lo dijo de manera memorable, a la veracruzana: el poder vuelve a los inteligentes pendejos y a los pendejos, locos.

Por ello, uno de los grandes objetivos de las democracias sea preservar, fortalecer y ampliar los controles al poder. Construir los límites a sus alcances es el mejor antídoto para evitar el surgimiento de personajes lamentables. Un congreso fuerte e independiente; un poder judicial autónomo, el vigor de una prensa crítica, el fomento a las organizaciones no gubernamentales, son las formas como se les recuerda día a día a los gobernantes que son humanos, que siguen siendo mortales, que su dimensión permanece en el mundo acotado de lo finito.

Winston Churchill fue uno de los estadistas más brillantes, valientes y elocuentes del siglo XX. Sus contribuciones a la historia de la humanidad no son menores. Churchill mantuvo vivo el espíritu de la libertad cuando parecía inevitable el triunfo del nazismo. Asumió el poder en 1940, cuando Inglaterra naufragaba. Alemania, en apenas 9 meses, había derrotado a Polonia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia. El siguiente en la lista era Inglaterra. Nada auguraba la posibilidad de supervivencia. Nada, salvo la fe del hombre que tomó en sus manos los destinos del mundo libre en un momento de confusión, derrota y desesperanza.

El discurso inaugural de Churchill fue memorable. Orador fuera de serie, pronunció uno de los mensajes más importantes de la historia de la libertad. Su tono fue la franqueza, pero también la esperanza. Ahí acuñó la frase de descarnada sinceridad a su pueblo: No tengo nada que ofrecerles más que sangre, sudor y lágrimas.

Cumplió. Alemania comenzó una serie de ataques sobre las instalaciones militares inglesas, preparando un desembarco. La catástrofe estaba cerca. Churchill tomó una decisión dolorosa y terrible. Mandó a un escuadrón de bombarderos a atacar Berlín. La incursión se dirigió a los barrios civiles. Hitler, enfurecido, ordenó un cambio de estrategia: Londres y las ciudades inglesas debían sufrir: una auténtica orgía de muerte. Pero el Reich dejó de bombardear las instalaciones militares, y eso le dio la fortaleza a la aviación inglesa para impedir la invasión.

Sola, Inglaterra sobrevivió. Después, Churchill fue un factor clave para abrir el segundo frente en Normandía y jugaría un último papel relevante en las conferencias de Yalta y Teherán, en donde entendió que el nuevo papel de Inglaterra era asumirse como potencia media y comenzar a desmantelar el imperio. Al mismo tiempo, sin embargo, advirtió: caerá sobre Europa del Este un Telón de acero que suprimirá la libertad de millones.

Churchill debió padecer la amargura de la política. En las elecciones de 1945 con el triunfo cargando su pesada figura, sufrió una humillante derrota electoral a manos del laborista Clement Attlee. Sir Winston ya no pudo acudir a la conferencia de Postdam. El pueblo había votado y había votado en su contra. Él, el líder de la guerra, ya no servía para la paz. Él, que encarnaba el espíritu de Inglaterra, debía irse. Y se fue. Sin resentimiento. Sin amargura. Seguramente con dolor. Pero se fue. Años después, volvería al poder.

Churchill fue, además, un escritor magnífico. Ganó el premio Nobel, en parte gracias a su colosal memoria de la Segunda Guerra Mundial. Fue un parlamentario despiadado y fuera de serie. Una vez, una diputada del partido laborista, Lady Astor, le dijo, desesperada tras un debate:

-Si usted fuera mi marido le daría veneno en su té. Churchill reviró:

-Señora, si yo fuera su esposo ¡me lo tomaría!

Su enemistad con Bernard Shaw era conocida. El escritor le envió una vez una nota: Le invito al estreno de mi nueva obra. Le mando dos boletos para que lleve un amigo, si es que tiene un amigo. Recibió la respuesta: Tengo un compromiso para el estreno, pero iré a la segunda presentación, si hay una segunda presentación.

Su peor defecto era el alcohol. A las 9 de la mañana tomaba su primer whisky y no paraba hasta las 17:00 cuando cambiaba a champaña. Quienes lo vieron tomar así quedaron sorprendidos de la lucidez de su pensamiento y la claridad de su argumentación.

Este hombre tuvo la capacidad de resurgir varias veces de la derrota política. Mantuvo viva la llama de la democracia en un tiempo de absoluta oscuridad. Triunfó sobre el ejército más temible del siglo XX: la Wehrmacht alemana. Fue galardonado con la máxima presea de la literatura universal.

Con él se compara el Presidente Calderón. Salvo ciertas aficiones en común, el despropósito es de tal magnitud que no vale la pena abundar. Seguramente Calderón le admira, aunque no lo haya leído. De haberlo hecho, le recordaría:

-La falla de nuestra época es que los hombres no quieren ser útiles, sino importantes.

Y lo peor es el delirio de saberse un hombre importante, de poca utilidad.

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