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DESLINDES

30/01/2011

Hay cosas que, en política, no hay que decir: basta entenderlas.

Churchill decía que la verdad es un bien tan preciado que, en ocasiones, hace falta protegerla con una escolta de mentiras. Las palabras envuelven en sus pliegues significados ocultos. Orden, eficiencia, transparencia, austeridad. Conceptos de un nuevo diccionario que es preciso destilar para medir sus efectos. Palabras nuevas que, ajenas a sus antecesoras, son verdad y, por serlo, se cumplen.

La acción mesurada, calibrada y ponderada, va abriendo brechas. Contra la especulación y el rumor, mas allá de los juegos de espejos, se articula un curso de acción que coagula en nuevos acuerdos, en una renovación de proyectos, en la regeneración de alianzas para una gobernabilidad democrática. Meter orden es tocar intereses y afectar esferas de poder, a cambio de restituir la confianza ciudadana en eso que los romanos llamaban cosa pública.  El mensaje es claro, aunque debe hacerse acompañar de hechos tangibles para despertar el respaldo y sumar la credibilidad: la administración pública debe ser una organización, no un coro y las ocurrencias deben suplirse por políticas públicas.

Las medidas de ahorro, de ajuste, de reordenamiento, hablan, por un lado, de un pasado opaco y desbocado, pero por otro de la responsabilidad para abrir una administración con medidas poco populares pero imprescindibles para no conducir a Veracruz a un colapso inminente. Con suerte, cuando sus resultados se sientan, éste será el sello que distinga a la nueva etapa que se inauguró hace dos meses.

Los acontecimientos judiciales llaman a la posibilidad de que se ponga fin a la impunidad. En tiempos recientes no sólo privó la corrupción y el desorden: también el cinismo. Aquí había, con todo, la amenaza inminente de que sucediera algo aún peor: la costumbre. Y es que sólo hay algo peor que la inmoralidad: pensar que esa inmoralidad es la norma, que es correcta y que es imprescindible para gobernar.
Había, hay, en la sociedad veracruzana estupor e indignación: el desorden condujo al saqueo y éste al cinismo. La firmeza fue, por ello, bien recibida. Se dijo y se dijo bien: la honestidad no puede ser sólo un discurso. Hay, sin embargo, la necesidad de proseguir, de profundizar y de garantizar que el esfuerzo no se agotará en lo pequeño. Solo así habrá espacio para que la esperanza se ensanche.

Buena semana. Nos recuerda que a menudo en política las palabras más elocuentes, las más demoledoras, son las que no se pronuncian.

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