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EL MUNDO QUE NO NACE

22/03/2011
Toda tragedia tiene beneficiarios. En el caso del drama japonés, el  tercer beneficiado fue Muammar Gadaffi. Lo ocurrido en Japón nos recuerda que la peor destrucción es aquella que proviene de la furia de la naturaleza. Los saldos de la doble pinza de destrucción generada por un terremoto y un tsunami mueven al escalofrío: más de 150 mil millones de dólares de destrucción, inyecciones de recursos públicos por más de 50 mil millones de dólares para apuntalar el pánico, crack bursátil, 14 mil muertos y desaparecidos y el acecho de un nuevo holocausto nuclear contra el pueblo japonés: el único de la humanidad que lo ha conocido en su piel.


Ante el azoro de la humanidad, Gadaffi, un autócrata cruel y mesiánico, aprovechó la semana de confusión que se abrió ante sus ojos para masacrar a su pueblo. Lo que se hizo en Libia fue, ni más ni menos, un genocidio. Toda la fuerza destructiva de un ejército regular se lanzó sin piedad contra la sociedad civil y las fuerzas rebeldes.

Un baño de sangre cubrió una ciudad tras otra a donde el dictador descargó su locura homicida.

Mientras tanto, occidente quedó pasmado, mudo, incapaz de reaccionar ante las evidencias sucesivas de que, cuestiones de Gramsci, el viejo orden mundial ha muerto pero el nuevo no logra nacer. Esta actitud abre un sinnúmero de interrogantes.

Estados Unidos apareció minusválido para articular un rápido y legítimo consenso multilateral contra el abuso de la fuerza disparada desde la locura del poder. Su actitud no fue la de la única superpotencia global, sino la de un gigante con los pies de barro.

Muchos de los países europeos, que habían tenido tratos estrechos con Gadaffi, particularmente Italia y Francia, guardaron un silencio vergonzoso cuando no cómplice ante lo que ocurría. La tibieza inglesa y alemana coincidieron con la desarticulada respuesta del otro lado del atlántico. Un asunto que urgía a una pronta respuesta multilateral para frenar crímenes de lesa humanidad se sometió a los procedimientos burocráticos de la ONU.

En 1944, cuando el ejército rojo arrasaba ya a la Wehrmacht y la expulsaba de la Unión Soviética, su avance penetró Polonia y tocó las puertas de Varsovia. Ahí, un grupo de patriotas polacos habían organizado un movimiento de resistencia contra la opresión nazi. La cercanía de los rusos y la garantía de apoyo del Kremlin les dio el coraje necesario para sublevarse. Pero en plena lucha por el control de la ciudad, el ejército rojo detuvo su avance. La orden vino de Stalin. Eso le dio tiempo a Hitler para reforzar sus tropas en Varsovia y masacrar al movimiento de liberación. Sólo cuando éste fue exterminado, las fuerzas soviéticas entraron a la ciudad.

Hay ocasiones en que la llegada de hombres de gran valentía, independientes y patriotas, no es conveniente para los intereses geopolíticos. Libia tiene petróleo y gas, es miembro de la OPEP y posee una situación geográfica importante. ¿Quién o quienes pasarán a la historia como los Stalins del Siglo XXI en Libia? Mientras tanto, el mundo lanza un alarido. No es posible mantener el ritmo de devastación del medio ambiente. Es preciso encontrar fuentes alternativas de energía, allende los combustibles fósiles y la energía nuclear. Los equilibrios económicos globales son frágiles y deterioran la vida de miles de millones con fluctuaciones en precios de alimentos, de las cadenas de suministro. La desigualdad se ensancha en la medida en que no hay controles contra el abuso corporativo. Grandes porciones de la humanidad desean vivir en libertad. Las mujeres del globo reclaman un nuevo sitio.

El mundo llama por un gran ejercicio de ingeniería y reinvención. Pero no hay nadie que lo encabece.

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