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ESTOS AÑOS

24/10/2011
Solo tiene sentido señalar los delitos si se van a castigar. La primera función del estado es garantizar el cumplimiento del estado de derecho: ese muro que nos indica qué es lo permisible y qué condiciones debemos cumplir para vivir en sociedad. Tolstoi lo resumió de manera maravillosa: la certeza de que el crimen se extinguirá surge sólo con la certidumbre de que habrá castigo.

La impunidad carcome la esperanza de la vida colectiva porque identifica que no somos iguales: que hay unos mejores que otros; que hay quienes pueden hacer cosas que el resto no; que hay personas que no pueden ser tocadas. El sentido más fino de la ley es, por lo mismo, ese: enviar un mensaje inequívoco de que todos somos iguales.

Los últimos años han visto el deterioro sistemático de nuestros valores, la dilución del estado, el abuso al culto a la personalidad, el desprestigio de la función pública, el desmantelamiento de la división de poderes. El retraso reciente es serio y preocupante. Estos años nos han visto volver sobre nuestros pasos e instalarlos no en el pasado, sino en el peor pasado: el de la concentración abusiva del poder, el de la ocurrencia, el de la palabra sin valor, el de los compromisos que jamás se cumplen, el del carisma por encima de la responsabilidad y el de la aprobación ciudadana como objetivo superior de gobierno.

Como consecuencia funesta, estos años han visto cancelarse las políticas públicas para suplirse por los caprichos, y proceder a la destrucción de la institucionalidad que da calado y extensión a la acción pública. El coro que martilleaba a toda hora todos los días los hogares logró lo inverosímil: desbaratar al estado con el consenso popular.

Los peor de estos años, con todo, no son los datos duros: los que hablan del saqueo mientras de disparaba la pobreza; de la corrupción sistematizada mientras se desplomaban los puentes de las Mil y una Noches; de la invasión de funciones de otros poderes ni de la personalización populista del abuso: es el deterioro de la moral pública. La tentación de transmutar los valores para que se piense que ese estado de degradación era lo normal, lo correcto, norma de vida que nos llevaría a un estado de bienestar inmediato aunque fugaz.

La pérdida de la moral, de la ética, puede conducir, se sabe, a cualquier sitio: a los sótanos de la degradación, a las cloacas del poder descritas maravillosamente en “la guerra de Galio”. Ahí, en esas catacumbas de lo permisible, se vale de todo, incluso aliarse con los enemigos de la colectividad. Esta intranquilidad, este desmentido, este secuestro que se padece, es su consecuencia.

Contra todo aquello, no resta sino la esperanza de justicia. En Grecia se aplicaba la ley del ostrakismo, el ostracismo para aquellos que dañaban a la sociedad: un destierro de diez años. El último condenado fue Hipérbole, un demagogo.  En Roma, cuando terminó el fatídico reinado de Nerón, se introdujo la “destructio memoriam” la destrucción de la memoria para generar la ficción de que aquellos años terribles no habían en realidad ocurrido. El código Napoleónico dictaba la muerte civil para que delincuentes excesivos perdieran sus derechos civiles y su personalidad jurídica: muertos legales aunque vivos biológicos.

En la actualidad hay un ancho rango de castigo para quienes abusan del poder: de la Corte Penal Internacional a los castigos corporales en Corea al juicio penal que se sigue actualmente a quien fuera primer ministro de Islandia.

Señalar sin castigar es perdonar. Cuando ha aumentado la pobreza, cuando se regalaron los bienes públicos, cuando se destazó la tranquilidad de la sociedad, no hay lugar para invitar al olvido. La forma de restituir el estado de derecho es aplicándolo. Ventilar las heridas será siempre mejor que esconderlas. Hay momentos definitorios que pueden convocar a grandes esfuerzos colectivos, si se posee la certeza de que se actúa con rectitud, con firmeza y que se avizora un horizonte mejor. Hay precios que vale la pena pagar.

La aplicación de la justicia es la vía única posible, transitable, para dejar atrás de manera real y efectiva, estos años. Estos tristes años veracruzanos.

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