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La Elección que Vendrá

23/04/2012

El país da muestras a cada momento de estar viviendo un pasaje de degradación acelerada. En todos los aspectos que se analicen, la degradación de la vida nacional es alarmante.

La economía registra los niveles más bajos de crecimiento de América Latina. El 30% de todo el empleo del país es informal. La pobreza que heredará Calderón será de vergüenza: 15 millones de nuevos pobres de acuerdo al TEC de Monterrey. La tasa de homicidios y secuestros ha crecido sin parar. La corrupción se ha disparado, de acuerdo a Transparencia Internacional.

Por lo mismo, lo que estamos viviendo no es otra cosa que el fin de un sistema de vida. México ha dilapidado sus recursos naturales, su tiempo y su esperanza.

La sociedad se pronunció masivamente en el año 2000 por un cambio que no llegó. Hemos tenido, por el contrario, un nuevo régimen (el panista) que ha exacerbado los vicios del pasado y que eliminó sus virtudes.
Adolfo Ruiz Cortines recomendaba, sabio cómo era, no destruir nada que no tuviera con que sustituirse. México votó aquel dos de julio del dos mil por la propuesta de que era conveniente sacar al PRI de los Pinos, pero no reflexionó que en política no sólo importa a quien sacas, sino también a quien metes.

Los retos que se presentan para el futuro nacional demandarán lo mejor de nuestro talento, de nuestras capacidades, de nuestro compromiso. México enfrentará a partir del próximo primero de diciembre la necesidad de crear un nuevo sistema de vida y tendrá que hacerlo desde la democracia. Las grandes transformaciones nacionales nunca se han articulado desde los votos, sino desde las balas. De ahí la trascendencia de la próxima elección.

Los datos, fríos, duros, están ahí. No nos denuncian: nos desnudan. México no puede seguir por este camino. Urge una genuina transformación nacional y urge hacerlo desde la democracia. Las tensiones sociales que vivimos no serán sostenibles mucho tiempo más.
La elección que vendrá será nuestra decisión de qué tipo de país queremos para los próximos 25 años. El tiempo se agota, igual que la paciencia de una gran parte de la población que se sabe excluida, despreciada.

Las grandes tragedias de los pueblos comienzan cuando sus ciudadanos se desentienden de ese futuro colectivo al que llamamos país. Ahí comienzan, pero nadie sabe dónde terminan.

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