Necesaria la apertura de los medios a todos los partidos políticos
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El Sol de México
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La Política de la Banalidad

13/02/2012

La elección del próximo día primero de julio no será una elección  más. No puede serlo. No puede resumirse a una definición coyuntural de quién llegará a la presidencia ni de qué partido o partidos le respaldarán. Los desafíos que enfrenta la República son tan grandes, tan complejos, tan urgentes, que lo que se discutirá será un modelo de nación, una propuesta de desarrollo, una definición del tejido social al que aspiramos.
Puede ser, además, la última llamada para un cambio pacífico, ordenado, democrático. No tengo dudas: el cambio llegará, la pregunta es ¿cómo?
El signo del cambio mexicano nunca han sido los votos: han sido las balas. Por lo mismo, la sociedad debe entender que aquí se juega mucho, tanto que el involucramiento ciudadano resulta impostergable.
La participación de la sociedad podrá darse en diversas dimensiones. En una suerte de contraloría social. En un ciudadano que Guillermo O´Donell definió de “alta intensidad”: participativo, inconforme, informado.
Las precampañas, pese a la oscuridad de las reglas que tenemos, han dejado elementos para comenzar un análisis profundo de lo que serán los posibles que se formen a partir del dos de julio. Contra lo que replican los medios de mayor  repercusión, existen ya propuestas que bosquejan caminos alternativos a los que ha llevado la república en los últimos años. No soy optimista de la clase política. Pero ha habido propuestas centrales, importantes, que han pasado desapercibidas.
El ruido mata al argumento. La imagen seduce más que la palabra. La coyuntura superficial y efímera termina ahogando la definición profunda y duradera.
Las precampañas serán posiblemente recordadas, tristemente, por si un candidato no citó a sus autores preferidos, por si otro definió al amor como el eje de su propuesta y por el género de otra. En la memoria quedará como anécdota quien confundió los nombres de los presidentes, cuántos hijos tuvo aquel o en qué estado concedió una entrevista aquella.  Estaremos, entonces atrapados por el reino de la banalidad.
Lo cierto es que en las precampañas escuchamos, del lado del PRI, propuestas económicas que perfilan un rumbo diferente al que hemos visto y que no son menores. Peña Nieto manifestó estar dispuesto a abrir PEMEX a la inversión privada, a licitar dos televisoras más, y  a dar facultades a la Comisión de Competencia para desmantelar monopolios. Se pronunció también por el fortalecimiento del sistema presidencial. Esas son posturas que nunca un puntero había asumido, que son de fondo y que, tristemente, han caído en el olvido.
Andrés Manuel López Obrador, por su parte, ha arriesgado y mucho. No recuerdo a un (pre) candidato que haya propuesto a la nación los nombres de con quién gobernaría. El prestigio prestigia. La mediocridad contagia. Hablar de que el candidato de las izquierdas se haría acompañar por hombres de la talla y capacidad de Juan Ramón de la Fuente, René Drucker, Marcelo Ebrard, Javier Jiménez Espriú, Genáro Góngora o Miguel Torruco, por mencionar sólo algunos, habla de que desea rodearse de personas que conocen su oficio, que saben de sus sectores y que pueden (y deben) ser sometidos al escrutinio público. Habla de honestidad. Y Habla de arrojo.
Por el flanco del PAN, reconozco que las propuestas que más valieron la pena vinieron del personaje que fue avasallado: de Santiago Creel. A Josefina Vázquez Mota no se le conoce propuesta clara ni diferenciadora de lo que han sido los gobiernos del PAN. Es entendible. Su estrategia estaba centrada en administrar su ventaja y frenar la embestida del aparato público en su contra.  A diferencia de Peña y López Obrador, Josefina tenía que convencer a un electorado que le daba ventaja pero tenía que doblar a un presidente que no le aceptaba. Eso, en sí mismo no es un rasgo menor de su carácter.
Con todo, Vázquez Mota deberá entender que la sociedad no espera un discurso basado en una superficialidad de género. Los problemas de México no se resumen en faldas o pantalones. La estrategia que siguió hasta ahora le sirvió para ganar la interna, pero le será inútil para llegar a los Pinos. Faltan definiciones claras, precisas, de cómo pretende gobernar a este complejo país. Hasta ahora no las hay.
Con todo, la dictadura de la imagen, los confines de los 140 caracteres del twitteo, el secuestro informativo del convenio, la marea de descalificaciones anecdóticas han ganado la primera batalla.
México debería estar discutiendo si quiere un presidente más fuerte y que impulse mayor participación privada en la economía, como ha propuesto Peña. Debería polemizar si hace falta más estado, mercados internos más sólidos y si los hombres que ha puesto sobre la mesa López Obrador son los más preparados para gobernar. Deberíamos exigir a Vázquez Mota definiciones más allá de una bella sonrisa y de la apelación sentimental a su condición de mujer. Pero no lo hacemos.
Con eso, no confundirnos, contribuimos a la frivolización del debate público. Abonamos a la dictadura del sound bite (la declaración mediática resumida en 20 segundos). Nos volvemos cómplices de este drama nacional inagotable y quizá, comenzamos a parecernos peligrosamente a quienes nos gobiernan.

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