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Ciudadanos

15/04/2013

La política en México está cambiando a pasos agigantados. Lo está haciendo a través de corrientes subterráneas sumamente poderosas.

La premisa central de este cambio reside en un hecho sutil pero fundamental: la sociedad cambió, los partidos, no. Por lo mismo, está surgiendo una nueva forma de comunicarse, de relacionarse, de producir, de aprender, de integrar agendas, entre los propios ciudadanos.

Esto lo cambiará todo, comenzando por las formas de representación más arraigadas en la sociedad. Los partidos y los medios son instituciones intermedias entre lo privado y lo público, entre el ciudadano y el poder. Su erosión proviene de la convergencia de un cambio mayúsculo: la forma de producir de riqueza, el cambio tecnológico y el nacimiento de nuevos medios de comunicación.

Las sociedades modernas producen riqueza ya no a través de procesos masificados, sino descentralizados, a distancia, y personalizados. De esta forma, las grandes concentraciones de individuos en torno a sistemas de producción existen cada vez menos. El hecho de que cerca del 70% de la economía nacional pertenezca al sector servicios implica que las formas de participación masiva corporativas –vía sindicatos, uniones o gremios- tienen cada vez menos peso. El hombre tiene una independencia económica de las redes políticas tradicionales y esa independencia se refleja en el ámbito político y en la esfera electoral.

Pero además, el cambio tecnológico le ha permitido crear riqueza en espacios propios, detonando la revolución de la creatividad. La tecnología –la banda ancha, el internet, la telefonía móvil- ha permitido al hombre contar con mayor información y tener mayor colaboración. Las redes de cooperación implican un intercambio permanente de conocimiento, de experiencias y de opiniones. Hay una sociedad más politizada, más consciente y más indignada.

La independencia económica y los saltos tecnológicos han transformado a la comunicación humana. Los medios de comunicación pierden credibilidad a alta velocidad. La circulación se desploma. El rating se debilita. La certeza de que los medios no son la realidad es cada vez mayor. Las personas buscan un diálogo público: uno que permita escuchar y expresar; informar y debatir; medios interactivos en donde no hay censura, ni reverencias, ni mensajes unilaterales. La cultura de la duda es la esencia de la nueva comunicación.

La política en México, además, se nutre un nuevo tipo de militante: el descontento. La filas del partido más numeroso, el de los que no tienen partido, está compuesto de excluidos y de víctimas. Hay 52 millones de pobres y 70 millones con algún tipo de vulnerabilidad. Es el mexicano que se sabe y se siente ofendido, excluido. Es a quien lastima la desigualdad. A quien se le niega la posibilidad de un futuro común.

A su lado, está la víctima. Ha habido más de 60 mil muertos y probablemente más de 20 mil desparecidos. Cada uno de ellos tenía una familia, un amigo, un compañero. Las víctimas tenían hijos, padres, hermanos, vecinos. Hay un tejido social zurcido a través del dolor.

Para estos militantes del descontento no hay consuelo ni hay discurso público que les conforte. No hay, para muchos, ni compasión. México debe volver a encontrar las vías para hacer del espacio común una aspiración colectiva. Como nunca es cierta la reflexión de Edmund Burke: “La sociedad es una comunidad no sólo de vivos, sino también de los muertos y de los que aún no han nacido”. Conectar con estas personas es imprescindible para encaminar, de manera real y profunda, un nuevo destino mexicano. Tenemos una responsabilidad con quienes estuvieron aquí, con los que hoy sufren y también con los que vendrán.

La política va a cambiar de manera definitiva, no hay duda, aunque los políticos no se hayan dado cuenta.

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