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La Violencia

11/02/2013
El país sigue viviendo en la zozobra que produce el temor. El nuevo gobierno ha propuesto una nueva estrategia pública para combatir el crimen y ha desplegado una táctica de comunicación para respaldarla.

El cambio más significativo en el nuevo enfoque anticrimen es que otorga un peso considerable en la raíz del mismo. Peña Nieto busca reducir el crimen atendiendo a sus causas. Si no se generan empleos, se distribuye la riqueza y se reduce la desigualdad, la violencia en México no se reducirá. Hay que hacer que la economía crezca. Hay que atacar la pobreza y eliminar los rezagos que ahogan a regiones enteras del país.

Además, el gobierno ha propuesto cambios institucionales de relevancia: concentrar las funciones de seguridad en la Secretaría de Gobernación, fortalecer el CISEN y robustecer a la PGR. Al menos en el discurso, se ha propuesto también optimizar los esfuerzos institucionales a la reducción de los delitos que más afectan a la población: el homicidio, el secuestro, la extorsión.

El enfoque es correcto, pero lleva tiempo. La población no podrá esperar los resultados de una estrategia de mediano plazo hundida en un baño de sangre. El gobierno lo sabe. Sabe, también, que los resultados tangibles tardarán años en registrarse. Cuando un problema no puede resolverse, debe administrarse. Y por ello la nueva administración ha decidido administrar el tema a través de la articulación de un nuevo discurso público.

El modelo de comunicación oficial se nutre de dos vertientes. La brasileña, que opta por enfatizar los logros del país, el optimismo, la fortaleza de la nación. Eso lo hizo Lula, que cada día emitía buenas noticias sobre el país dejando de lado la violencia cruel de las favelas. El objetivo es conservar y acrecentar el valor de la marca país.  La segunda vertiente procede de Colombia, en donde se pidió a los medios a contextualizar la violencia. El trato fue dar a la violencia el espacio en la nota roja, no en las portadas. Álvaro Uribe fue el promotor de este arreglo que concluyó con un slogan genial: Colombia, el único riesgo es que quieras quedarte.

El discurso público promueve siempre un objetivo central: fijar una agenda en la sociedad. La discusión pública, a su vez, crea estados de ánimo. Felipe Calderón impuso que se hablara de la violencia y el crimen. Por eso, ante la escalada de la violencia, la población sufría una suerte de depresión, de desesperanza y frustración colectiva. Peña Nieto pretende contagiar de optimismo a la sociedad mediante la repetición de mensajes positivos.

El resultado más palpable fue que, en diciembre, la cifra de muertos fue de casi mil pero el índice de percepción de la violencia mejoró notablemente. Pero la percepción no es realidad. Las últimas semanas ha comenzado a registrarse una pugna entre el discurso y la realidad. El brote de violencia en el Estado de México, en la capital del país, el ataque cruel contra seis turistas españolas en Guerrero, la noticia de que Acapulco es la segunda ciudad más violenta del mundo o el ataque contra el procurador de Morelos amenazan con desfondar el discurso oficial.

La conclusión más obvia es que administrar el problema de la inseguridad va a requerir un esfuerzo mayor que sólo el de comunicación. Habrá que operar para que la población no sólo escuche sino que sienta que la violencia, efectivamente, disminuye. Y esa operación requerirá el concurso de una nueva autoridad. Una que en México, simple y terriblemente, se ha perdido.

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