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La Estrategia de Peña

21/10/2013

Según las más recientes mediciones, la aprobación presidencial es del orden del 54%. Se trata de la aprobación más baja en el primer año de mandato para un presidente desde 1988, con la excepción de Ernesto Zedillo.

Peña Nieto apostó a invertir su capital político en pleno en los primeros doce meses de gobierno, a sabiendas que los rendimientos serían negativos. Decía Tony Blair: Quien decide, divide. Reformar a México implica tocar intereses: viejos y poderosos.

Por eso la estrategia gubernamental plantea sacar las reformas medulares durante el primer año de gobierno, así sea al costo de perder aprobación y popularidad. Los problemas nacionales eran de sobra conocidos y los expertos habían emitido recetas al por mayor para remediar los males, solo que nadie seguía los tratamientos.

Calderón comenzó con el impulso reformista a través de las iniciativas preferentes que lograron avances en lo laboral y en el régimen de rendición de cuentas. Bajo el instrumento del Pacto por México, Peña dio calado y vigor al impulso reformista y sacó reformas torales que ahora trata de redondear con dos temas propios y uno negociado: la reforma hacendaria, la reforma energética y la reforma política.

El gobierno ha probado tener amplia sagacidad para obtener los votos necesarios para aprobar sus reformas. Un logro importante ha sido romper con el mito de que la negociación es inútil. El enfoque se centra más bien en el realismo político que recomendaba Lyndon Johnson: para sacar reformas hay que saber contar. Eso implica amarrar los votos necesarios. La hacendaria saldrá con los votos del PRD y es posible que la energética con los del PAN. A cambio, el PRI dará dinero (mucho dinero) al PRD en el DF, su principal base política y otorgará concesiones electorales al PAN. Las reformas han sido una transfusión de vida para los presidentes nacionales del PRD y el PAN.

Pero un planteamiento reformista es mucho más que sacar los votos. La reforma no es una votación: es un proceso. Tener los votos no implica tener la legitimidad. La reforma no sólo se vota: se administra. Más: administrarla adecuadamente implica comunicarla correctamente.

No puede haber mejor ejemplo que la reforma educativa. Sobre ella había más que un consenso nacional: había un clamor. La ejecución de la táctica educativa pasó por el encarcelamiento de Elba Esther Gordillo, domar al SNTE, obtener los votos del Congreso Federal y amarrar las aprobaciones locales. También arrebatar a los gobernadores el control de la nómina magisterial. Pero el país está secuestrado por la CNTE. Una minoría ha puesto en jaque al gobierno federal y a los poderes constituidos. El respaldo a la reforma se esfuma. La agenda mediática del contenido de las reformas la ganan los opositores.

Por eso, el planteamiento estratégico de Peña es dar todo este año: sacar las reformas que van a ser determinantes para México, y tener recursos suficientes-de ahí el déficit- para reactivar la economía y resarcir la imagen de su gobierno. El año que entra sería, así, de cosecha.

Puede ser, pero puede no serlo. La historia de las reformas no termina en el congreso: comienza. Habrá que ver el grado de rechazo a los nuevos impuestos y la reacción de los poderes fácticos. Las movilizaciones populares por el tema energético serán mayúsculas y extremadamente polarizantes. Peña necesita no sólo operadores en el congreso sino administradores del proceso de reforma.

Necesita también, de un giro en su agenda de comunicación. De nada sirve cambiar mucho si la gente entiende poco. Las buenas intenciones se desfondan con buenas desinformaciones. Un gobierno no pueden ser sólo dos o tres personas, por eficaces, brillantes y hábiles que sean.

El segundo año de Peña está planteado para ser el que las reformas se sientan en los bolsillos. Antes, sin embrago, no olvidarlo, habrán de pasar por el ruido, el bullicio, la estridencia, de las calles.

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