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EL PAPA

Fernando Vázquez Rigada
Enero 20, 2014

La iglesia católica no es una institución más en el mundo. Es una de las contadas instituciones de alta influencia, prácticamente global. Uno de cada siete seres humanos es católico. La trascendencia del catolicismo en la conformación política, ideológica y religiosa del mundo no puede minimizarse.

La iglesia había entrado, de tiempo atrás, en una espiral descendente de feligreses y credibilidad. Las fuentes de su desprestigio no eran pocas ni menores. Tenía un sistema de creencias que cada vez conectaba menos con la realidad. Solapaba actos de extrema vileza dentro de sus filas. Había bendecido incontables abusos por parte del poder político. Incubaba actos de corrupción manifiestos en su seno. Había una distancia cada vez más patente entre la prédica y el comportamiento de la jerarquía.

La iglesia necesitaba un cambio, y lo necesitaba urgentemente.

La sorpresiva renuncia del Papa Benedicto a su cargo era la radiografía de una institución agotada y agobiada por el peso de sus pecados; secuestrada por sus intereses.

El cónclave decidió dar un golpe de timón. La llegada de Francisco fue un aviso de que se aproximaban nuevos tiempos: era el primer papa no europeo. Era del mundo en desarrollo. Era jesuita: una orden intelectualmente profunda y progresista.

Francisco ha impreso un sello inmediato a su papado. Ha sido un reformador. Ha renunciado al boato y ha proclamado que la iglesia requiere volverse a acercar a los hombres: a su dolor, a su incredulidad, a sus carencias. Ha demandado no que la iglesia abra sus puertas para que entren las personas, sino que los sacerdotes salgan a reencontrarse con la dura realidad de la calle. Que busquen a quienes sufren para ofrecerles consuelo, abrigo, serenidad.

Ha predicado con el ejemplo, dando muestras reiteradas de sencillez y humildad. Ha estado en reclusorios, en centro contra adicciones, ha invitado a su mesa a mendigos.

No se ha detenido en el simbolismo. Impulsó la creación de una comisión para reformar los ordenamientos católicos, rehusó condenar la homosexualidad, deslizó la posibilidad de abrir a las mujeres un rol activo dentro de la iglesia, actuó contra la corrupción del banco ambrosiano, removiendo a cuatro de cinco cardenales que lo conducía n y anunciando una reestructuración.

Apenas hace unos días dijo que la iglesia se avergonzaba de los casos de pederastia que le han manchado. Ojalá que no sólo haya vergüenza, sino castigo.

Francisco ha dado buenas razones a millones de jóvenes para volver a creer. Ha abrazado la congruencia, la modestia y la reflexión con acción para reformar lo que decaía. La forma de resolver los problemas no es encubriéndolo, sino ventilándolos. La doctrina no es inamovible, salvo cuando se espera que desfallezca.

Francisco es un papa que no quiere dejar de ser hombre. Más: es una hombre de gran estatura y profundidad. Un hombre de su tiempo, dirigiendo una institución que había dejado de serlo. Qué bueno que así sea. Dios debe estar satisfecho.

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