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La trova de mi madre.

por Fernándo Vazquez Rigada

Se me acercó y me dijo, con ese tono cómplice, travieso y limpio de la infancia:

-Mira estos botones: son de oro. Llévate unos en la bolsa.

Mi hermano tenía razón. Oro puro sobre el plástico. Dorados. Deslumbrantes. Apantalladores. Había más, a granel: rojos, ámbar, de cristal. Nos llenamos las bolsas. Al otro día mamá nos reconvino. Interrogatorio y confesión: los habíamos tomado de Liverpool. “¿Los pagaron?” Preguntó, como el gallego, nomás para hundirnos porque sabía la respuesta. Ese mismo día nos llevó a la tienda. Nos forzaba a devolver el botín. La riqueza malhabida siempre se esfuma. Fue mi hermano el que enfrentó a la vendedora, como debía ser: era el mayor (unos 6 años, entonces) y también el autor intelectual. Mi madre le sugirió, seguro con un pellizco inapelable, la declaración:

-Venimos a devolver estos botones porque los robamos. Somos unos ladrones.

 

No pudo terminar la frase ni yo hacer nada, salvo llorar. Lloramos ambos, juntos, por primera vez. El llanto que provoca la vergüenza. El dolor de saberte extraviado. Reconocerte en algo que no eres, que no quieres ser.trova a mi madre
Fue un momento determinante en mi vida. Por mi madre no soy un ladrón. Un corrupto. Un soez. La decencia se educa.
Aún hoy, después de tanto, su abrazo me conforta. Su sonrisa me colma. Su regaño me corrige.
Por mi madre no soy un cobarde. Me ha enseñado que la adversidad se ve de frente. Que la única batalla que puede ganarse es la que se lucha: que si no se gana, al menos queda la satisfacción de haberlo intentado. A ella le debo, en parte, mi lindo carácter.
El año pasado enfermó, sin mediar alerta previa. Conocí entonces la fragilidad de la vida y el amargo sabor del infortunio. La certeza de que el final siempre está ahí, esperándonos paciente. Vi como caía su pelo junto con mi alegría.
Todo ha pasado. Hoy está bien: feliz y sana. Pero la lección queda. El afecto y su expresión no debe jamás posponerse.
Por si un día, sin aviso, debo marcharme, quiero que queden estas palabras, que serán las huellas de mi paso por aquí. Le debo un agradecimiento. Por la vida. Por enseñarme que en este viaje uno tiene la obligación de ser lo que es. Por arrullarme. Por levantarme cuando he caído. Por alejarme de lo que pudo destruirme. Por pemitirme ser lo que elegí. Por la Banda Dominguera. Por las nalgadas. Por los guisos. Por el amor. Por el respeto.
Ha sido un privilegio ser su hijo. Verme en sus ojos y verla a ella en mis hijos.
Si mi mamá fuera canción, sería una trova: que lo mismo te convida a pensar, que te enamora; que te arenga o te auxilia a reencontrar la paz. Una canción profunda y contradictoriamente humana.
Esto es algo que, efectivamente, no debí publicar hoy. Debí hacerlo hace mucho tiempo atrás.

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