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Mi padre

Por Fernando Vázquez Rigada

Cuando era pequeño, nada me podía pasar si mi padre estaba conmigo. Me protegía. Me abrigaba. Me sostenía. Me gustaba acurrucarme a su lado y sentir sus brazos. Sus cosquillas.4

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Jugábamos. A los abogados. Después de comer y antes de su siesta. Yo me ponía un saco verde, para estar ad hoc. Tendría unos cinco o seis años. Me daba papeles y yo los llevaba a otro cuarto. Ahora entiendo que era más office boy que abogado. Debe haber sido, para él, mi papá, un juego aburridísimo. Pero eso es, lo sé ahora, la paternidad: hacer feliz al otro en la mejor época de la vida: la infancia. Educar compartiendo. Respetando. Corrigiendo.

Por esa edad le hice una confesión: me gustaba mi maestra de preprimaria, Jane. Británica. “¿Qué es lo que te gusta?” La describí: grande, güera, ojos azules. Rematé con un argumento irrebatible:
-Tiene unos melonzotes.
Mi papá rió, me abrazó y me aconsejó:
-Muy bien. Nada más no le digas lo último a mamá.

Por mi padre aprendí el valor del sudor y el trabajo. Me ennoblece mi origen. Mi padre y mis tíos sufrieron un tipo de orfandad muy doloroso y terrible: el abandono. Un mal día, mi abuelo se fue en busca de un amor que terminaría por destrozarlo. Dejó atrás, sin voltear, una vida y cinco hijos. Por eso mi padre tuvo que trabajar mucho y desde hace mucho. Vivían en una casa de madera atrás del puente del puerto de Veracruz. Él, para llegar a la escuela, tenía que ir y regresar a pie, cuando a menudo no había para tranvía.

Provengo del coraje, del trabajo, de superar la adversidad a golpe de talento. Ese es mi origen. Por eso pienso que soy de la nobleza: no la monárquica, que desprecio. Vengo de la nobleza humana, a la que admiro y a la que me abrazo.
Un día nombraron a mi papá delegado en Sonora. No dejó un fin de semana de volar al DF para vernos el fin de semana. Uno solo. Así aprendí que, en ocasiones, las actitudes de amor hablan más que las palabras y que el sacrificio define el grado de afecto.
He sido un hombre afortunado. He tenido el privilegio de tratar, conocer o escuchar personalmente a mucha gente admirable. A quien más admiro, con todo, es a mi padre. Soy afortunado por tener a un hombre como él a mi lado.
De él aprendí la lección más importante de mi vida: siempre será más fácil defender tu dignidad que recuperarla. Ha sido siempre un hombre digno y decente.

Sus regaños eran temibles y antológicos. Siempre ejerció su autoridad, en lo privado y en lo público. Una noche, junto con un amigo cuyo nombre omitiré por lo pronto, nos salvamos por minutos de una redada que mandó mi papá, que clausuró y detuvo a todos los asistentes de un lugar de esparcimiento en la zona rosa de reputación dudosa pero de ambiente garantizado: “El Fronterizo”. Mi amigo y yo salimos, de suerte, minutos antes.

Le debo mucho, en especial dos amores que me definen: la música y la lectura. Me adentró en el mundo inagotable de los acordes y, estando yo en quinto de primaria, me llevaba cada semana un fascículo de la Enciclopedia de la Segunda Guerra Mundial. No fue un esfuerzo menor: fueron 163 entregas. Desde entonces no he dejado de leer, de querer aprender.

Aún hoy, tras tanto, me siento a escuchar su consejo. A veces él pide el mío. Somos amigos y cómplices. Maestro y alumno. Padre e hijo.

A su lado me sigo sintiendo protegido, igual que desde hace 45 años. Me siento valorado. Comprendido. Admiro su responsabilidad, su coraje, su decencia, su decoro.

Hace unos años, en mi cumpleaños, mis papás me regalaron algo excepcional. En una caja venía el saco verde. No pude hablar. La garganta se cerró y la mirada se nubló. Lo guardaron años, así como yo he preservado años ese recuerdo: el mejor que tengo en la vida.
Gracias por todo, papá. Ha sido un privilegio ser tu hijo.

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