MI PROPIO YO
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Poder, mentiras y video
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NEMESIS

FERNANDO VÁZQUEZ RIGADA

 

Felipe Calderón ha vuelto a la escena política con un libro y una crítica. El libro es la defensa de su sexenio. La crítica, la justificación de por qué no hizo lo que tenía que hacer.

El libro tiene la misma calidad literaria que su sexenio. La crítica, por su parte, se basó en un solo eje: la oposición fue mercantilista, lo que derivó en costos excesivos para lograr los cambios que el país necesitaba.

El expresidente afirmó que las bancadas de PRI y PRD demandaron cantidades exorbitantes de recursos a cambio de apoyar sus reformas. Eso, a su entender, derivó en un sexenio sin lustre ni capacidad de articulación de transformaciones de cambio.

La realidad desmiente al expresidente. Primero, por lo que él no pudo hacer. Segundo, por lo que hoy sí se ha hecho.

La torpeza política de Calderón fue manifiesta a lo largo de su mandato. Su relación con el PRI fue de amor/odio, lo que impidió construir alianzas tácticas para hacer avanzar su proyecto. El terreno para ello era fértil después de su toma de posesión, hecha posible por el PRI. Pero los instintos conservadores de su personalidad y su entorno enturbiaban su visión estratégica.

El michoacano odiaba al tricolor. Por un lado negociaba y por otro golpeaba. El planteamiento comunicacional de su gobierno comprimió su sexenio a un monotema (la guerra contra el narco) y redujo a una visión maniquea el diagnóstico del país: lo que él hacía era lo bueno y los malos militaban en el otro bando, criminales y opositores incluidos.

El propio Calderón se terminó de meter en un callejón sin salida cuando no hubo nadie que lograra destrabar negociaciones con los sectores dialoguistas del PRD. Nunca hubo el talento político para aislar a López Obrador, fortalecer a sus adversarios internos y dividir a las bancadas legislativas que no le eran afines.

La afirmación de Calderón de que la operatividad de su gobierno se perdió al morir Mouriño y Blake suena más a nostalgia que a realismo. Mouriño fue un efímero Secretario de Gobernación. Fue nombrado en enero del 2008 y su trágica muerte física se produjo en noviembre de ese año. Pero su muerte política ocurrió apenas un mes después de nombrado, cuando López Obrador impactó de frente su eje de flotación al denunciarlo por tráfico de influencias. Treinta días después de la primera descarga vino la segunda andanada de contratos con PEMEX que lo convirtió en un pato cojo político. Por otra parte, decir que la desaparición de un personaje como Francisco Blake desarticuló la capacidad política de su gobierno retrata de cuerpo completo la capacidad operativa de su administración.

En política importa lo que pasa, no lo que no pasa. Y en México han pasado muchas cosas, se esté de acuerdo con ellas o  no. No creo que las reformas se hayan dado sin costo. Tampoco que los operadores de Peña no hayan encontrado dificultades, chantajes, torceduras de brazo.

Las diferencias entre Calderón y Peña no son pocas ni menores. Peña es la nemesis de Calderón. Primero el presidente es un pragmático, no un fundamentalista. Segundo: Tiene clara que su prioridad de arranque fue la aprobación de reformas. Para lograrlo, concedió. Cedió. Cortejó. Pasó por alto los ataques de López Obrador y sentó al PRD. Tercero: Abrió la cancha para no basar todo el peso de su gobierno en el Pacto. Cuarto: ahora que ha logrado su objetivo, las condiciones han cambiado y su administración está cambiando.

Por estas diferencias, Peña encarceló a Joaquín el Chapo Guzmán y Calderón  no pudo. Descabezó al SNTE y encarceló a Elba Esther Gordillo mientras Calderón le entregó la educación del país. Se generó un momentum que ha sido aprovechado a tope por un canciller inteligente, hábil y respetado. La influencia mexicana en el exterior se desfondó con Calderón, particularmente frente a Lula y Chávez. Y está la aprobación de 11 reformas de gran calado en 21 meses.

En su gabinete, Peña tiene a seis exgobernadores; Calderón a dos. 10 tienen experiencia parlamentaria, sólo 5 con Calderón. Las correas de operación con los líderes de sus bancadas, dos personajes políticos de alto calibre y con el presidente de su partido son fluidas y sólidas. Calderón estaba distanciado con el presidente del PAN y con el líder del Senado. Por ello hay reformas.

Lyndon Johnson decía que para aprobar reformas basta una cosa: saber contar. Peña sabe que la aritmética política se construye. Una reforma primero se negocia y luego se presenta. El PAN lo hizo siempre al revés. Para obtener resultados hay que tener prioridades y la de Calderón fue no un programa de gobierno sino una cruzada. Falló. En política casi lograr las cosas es igual a cero. No cuentan las buenas intenciones, sino los buenos resultados. Al final de cuentas, lo más caro es no hacer nada y desperdiciar la oportunidad de dirigir a una nación.

@fvazquezrig

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