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Poder, mentiras y video

POR FERNANDO VÁZQUEZ RIGADA

La irrupción del escándalo político como arma cotidiana de demolición debe alertarnos sobre el tema de la privacidad, la legalidad y la trascendencia.

La primera novedad es que no hay novedad. El espionaje político, de los reinos de la antigüedad a Putin, de Richelieu a Johnny Abbes, de Fouché a la CIA, ha convivido con el ejercicio del poder.

El segundo hecho es que el escándalo ha adquirido mayor visibilidad debido a tres factores: la liberación de los medios, la aparición de las redes sociales y el desarrollo tecnológico. Los medios padecen menos censura que antes. Las redes son totalmente libres y acríticas. La tecnología para espiar está disponible para todos, pero para los estados es (casi) ilimitada.

El tercer hecho es que la privacidad de todos los ciudadanos, pero particularmente de los hombres públicos, está saltando por los aires.

De acuerdo a informes recientes, sólo Estados Unidos espía 600 millones de comunicaciones al día. Registra millones de fotografías que se envían por correo o se comparten en redes, de las cuales selecciona 55,000 diariamente para reconocimiento facial. A través de un programa llamado PRISM, interviene los motores de búsqueda Google, Yahoo, AOL, Facebook, Youtube. Junto con los servicios de inteligencia británicos, sustrae la información que navega por 200 cables globales de fibra óptica, los cuales almacena por 30 días.

Todos, pues, expuestos al escrutinio del Gran Hermano.

Pero para las figuras públicas, el escrutinio puede ser demoledor.

Para que haya escándalo político, nos recuerda John Thompson, debe haber una transgresión grave. Usualmente esta se da en tres vertientes: de poder, financiera o sexual. Además, la transgresión debe saltar a los medios de comunicación para tener plena visibilidad.

Ocurre que hoy, sin embargo, existen varios temas que deben alertarnos. Primero: el escándalo proveniente del espionaje ha dejado de ser un arma excepcional, y se vuelve cotidiana. La tentación de usar el espionaje es cada vez mayor, sin que el espía sea necesariamente político. Los temas a hurgar dejan de ser de interés público y devastan la vida privada de las personas. Por último la devastación mediática parece ser insaciable.

Las filtraciones de Edward Snowden hablan de sofisticados sistemas de espionaje permanentes, globales y de amplio espectro. Y eso solo se refiere a Estados Unidos y a su gobierno. No hay datos de lo que hacen el resto de los gobiernos.

Pero, además, hay redes de espionaje por afuera del poder. Las grandes corporaciones recopilan datos de inteligencia. También el crimen organizado. Robert Murdoch, uno de los grandes barones mundiales de los medios, debió cerrar su diario británico News of the World cuando se probó que espiaba a políticos para obtener primicias que después capitalizaba en tiraje. En México, uno de los principales capos del narcotráfico, Servando González, la tuta, registraba en videos clandestinos de sus reuniones con políticos lo que ha costado, hasta la fecha, el cargo a 146 funcionarios.

Pero, además, el escándalo que se deriva del espionaje toca cada vez más puntos de dudoso interés público. En Francia, el presidente Francois Hollande fue engullido por un escándalo feroz al revelarse una relación extramarital con la actriz Julie Gayet. El escándalo detonó un “ataque de tristeza” y hospitalización de su pareja Valerie Trierwelier. Asunto bochornoso, sin duda. Pero Hollande no descuidó su cargo por el amor. La relación era consensual entre dos adultos. La transgresión fue meramente moral del ámbito familiar. ¿Qué provocó la hospitalización de la esposa? ¿La infidelidad o el escarnio público desatado por los medios? El hecho, no olvidarlo, ocurrió en Francia, un país que vio sin rubor el sepelio de uno de sus grandes hombres Francois Miterrand, asistido por su esposa y por su amante.

En México, los dos líderes legislativos del principal partido de oposición, el PAN, fueron removidos de sus cargos luego de que se filtrara un video de ambos en una fiesta privada en Puerto Vallarta bailando con unas damiselas. No había recursos públicos. No estaban en sesiones. Estaban bailando. Pegaditos, pero bailando. ¿Y? se generó un bochinche de tal magnitud que no quedó más remedio que desplazarlos. Ambos, sin embargo, habían sido acusados antes de actos de tráfico de influencias y nada ocurrió. ¿Por qué? No es lo mismo ver, oír una transgresión, que leerla. La exposición del baile con presuntas teiboleras indignó a la misma sociedad moralina e hipócrita que no hizo nada cuando se dieron a conocer los abusos para el manejo de millones de pesos de los mismísimos bailarines.

Pero no solo los políticos están en riesgo. Los periodistas son espiados sistemáticamente. Los intelectuales. Los académicos. Los empresarios. Los maridos. Las esposas. Hay medios a los que no les importa ventilar los asuntos de otros periodistas. Bad news are good news, reza el refrán. Las malas noticias, venden. El morbo vende más. El camino es fácil. Se registra la transgresión, se sube a redes y de ahí el medio lo toma. Así de simple. Los periodistas están listos a balconear a quien sea, colega o no. En este negocio, perro sí come perro. La reputación de un periodista mexicano líder en la radio ha sido vapuleada por filtraciones de audios con una ex empleada con la que sostenía una relación extramarital. Nada hay en las grabaciones que vulnere su credibilidad como periodista, ni su sentido crítico, ni su independencia. Pero el escándalo ha sido mayúsculo y forzó al retiro del comunicador.

Aún con transgresiones, habría que cuestionar la validez de dar publicidad de material obtenido a través de delitos. En la feria de escándalos, todos se divierten, salvo la víctima. Todos comen pollo rostizado, salvo a quien rostizan. Todos tienen una opinión que siembra quien espía, quien es quien realmente tiene por el mango el sartén donde se cocinan reputaciones. Todos son capaces de escandalizarse por temas privados, cuando todos tenemos una vida privada que habría que defender y preservar. Todos nos indignamos de las transgresiones de otros, pero olvidamos las propias. Todos nos ofendemos de un lenguaje poco propio que se filtra a los medios cuando se interviene ilegalmente un teléfono, aunque todos usemos los mismos calificativos.

Habría que tener cuidado. Estamos aprobando cada semana la violación de nuestros derechos. Nos sumamos a la orgía de denuncias provenientes de lo ilegal. Olvidamos el fondo de las acusaciones, cegados por el morbo de la norma.

Habría que tener cuidado. La hoguera deja de ser graciosa cuando te llega tu turno de ser cocinado.

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