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ESPEJISMO MEXICANO

Por Fernando Vázquez Rigada

El mundo observa con estupor lo que ocurre en nuestro país. Hay razones válidas para ello. Los hechos de Iguala revelan la descomposición profunda de una parte del Estado Mexicano: uno que se mimetiza entre crimen y autoridad.

El estado, desde su nacimiento, ha tenido el monopolio legítimo de la violencia. Ha sido utilizado, en multitud de ocasiones, para reprimir, abusar, o eliminar adversarios. Esos son hechos conocidos y consignados por la historia.

Han existido, también, cuerpos paramilitares: fuerzas armadas paralelas que se encuentran al servicio del estado para efectuar el trabajo sucio fuera de los márgenes de la ley.

Se han registrado, asimismo, cuerpos clandestinos del estado que operan con el propósito de cometer crímenes: las brigadas de la muerte en Brasil, las GAL en España o la Brigada Blanca en México.

Pero otra cosa muy diferente es que existan cuerpos policiacos que sean, al mismo tiempo, autoridad y delincuencia.

Ese es el horror de Iguala.

Un estado que posee dos rostros simultáneos: el de un alcalde capo. El de policías sicarios. El de un Gobernador Consiglieri.

Así de grande es la descomposición.

Ello, y la magnitud del delito cometido, explican la unánime crítica internacional.

Del Papa a la casa Blanca; de la CIDH a Human Rights Watch; del Parlamento a la OEA, el mundo nos señala y denuncia.

Justo cuando el país recuperaba su prestigio por las reformas económicas logradas, la frágil estructura institucional se derrumba y evapora el efímero mexican moment.

La imagen debe corresponder siempre a una realidad: de lo contrario, se convierte en espejismo. Eso ocurrió. Como las familias que son ricas pero no educadas; o aquellas que aparentan lo que no son.

Habrá que emprender una gran reforma interna previa para recomponer la imagen externa. Pero habrá que hacerlo: la globalización hace que el prestigio internacional importe, y mucho.

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