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LA PRISIÓN DE LA TINIEBLA

Fernando Vázquez Rigada.

Nada más difícil en política que administrar la expectativa. En campaña electoral, es comprensible, y a veces indispensable, hacerlo. Pero en el ejercicio del poder se debe tener sumo cuidado. Hacerlo es meterse en un terreno resbaladizo. En una crisis profunda, en una ruta hacia el despeñadero.

El mensaje presidencial del jueves llega en medio de la más profunda crisis social que haya enfrentado el país quizá desde 1994 o desde 1968.

Llega en medio de expectativas infladas por el anuncio oficial, un día sí y otro también, de que vendría un parteaguas.

Y llega tarde.

60 días tomó al presidente dirigirse en un acto formal a la nación para anunciar algo más que lugares comunes. 60 días de conflicto. De sufrimiento. De angustia. De irritación.

Dos meses le tomó a la administración darse cuenta que había que emprender cambios políticos estructurales. Que el municipio no funciona. Que hay pobreza en el sur. Que la sociedad no tolera más corrupción. Dos meses para llegar a un diagnóstico que cualquier ciudadano podía haber expresado al día siguiente de la tarde trágica de Iguala.

México encontró el jueves a un funcionario, pero necesitaba un líder. El primero llegó: puntual, entrenado, ducho en el prompter, pero sin emoción. El segundo, el líder, no apareció. Por eso lo reacción durísima del día después. Por eso la reacción helada del establishment convertido en audiencia.

La audiencia, los escuchas fueron los poderes de la unión. Los gobernadores, corresponsables de la tragedia. Los altos empresarios. Hasta un artista. No había deudos. Ni padres ofendidos. Ni representantes del otro México: el de la desesperanza. El de los desaparecidos. El de los ausentes. La víctima del atropello.

Los cambios, pues, llegan tarde y llegan mal. Llegan mal porque no se mete mano a fondo a la problemática real del municipio mexicano. No hay distribución de competencias. Confección de responsabilidades. Planes de profesionalización. Exigencia de transparencia. Indicadores mínimos de cumplimiento. Se quita el control policial a los alcaldes y se pasa a los gobernadores: garantes absolutos de probidad, eficiencia y compromiso social. Se les transfieren las mismas estructuras podridas y criminalizadas. La transferencia no es transformación. Se necesitaba la segunda. Se ordenó la primera.

La mención al combate a la corrupción fue blanda y retórica. Se asume el plan de la oposición, pero sin ser capaz de agregar nada ni de garantizar una nueva ética que se base en los mejores hombres, en las mejores prácticas, en un blindaje real e inmediato. Vendrá la implementación de las reformas por los mismos que han debido cancelar licitaciones, encubrir, coludirse.

Lo mejor fue la mención a la aplicación del modelo chino de estímulo al crecimiento. La pobreza no produce criminales, pero si divide y desgarra.

La nación esperaba el jueves a un ejecutivo y encontró a un legislador. Aguardaba a un líder que compartiera el dolor, que mostrara reflexión sobre sus errores propios, que asumiera los costos que le corresponden y, sobre todo, que inspirara a una sociedad harta y desconsolada.

Hubo en el mensaje del jueves mucha técnica y poco sentimiento. Hubo mucha retórica y poco mensaje. Muchos anuncios y pocas acciones.

Se privilegió la creación de más leyes y se evadió la responsabilidad moral de hacerlas cumplir.

De darse y funcionar, los cambios llevarán años para dar resultados, y México no puede esperar.

La justicia requiere perfeccionar cuatro eslabones. El de la prevención, que no se resuelve por el simple hecho de alejarlo de los alcaldes. El de la persecución del delito, que ni siquiera se abordó. El de la impartición de justicia, en donde los poderes judiciales no merecieron más que una mención tibia y de pasada. Y el de la readaptación, que no tiene cabida en un régimen que privilegia la criminalización y el castigo.

Inflar la expectativa conlleva el riesgo de no satisfacerla. Hacerlo es fácil: colmar la esperanza, difícil. México esperaba una luz que no llegó. Seguimos en la prisión de la tiniebla. Quien sabe cómo saldremos de ella.

@fvazquezrig

Comentarios

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2 Comments

  1. […] Mexican people, who expected more from their president. In this context, Fernando Vázquez Rigada responds ciítically to the presidential address and points out it was not only late, but it also lacked empathy towards […]

  2. […] parte dos mexicanos, que esperavam mais do seu presidente. Neste contexto, Fernando Vázquez Rigada responde de forma crítica ao discurso presidencial e salienta que não só foi tardio como também faltou empatia para […]

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