SOLO
Diciembre 9, 2014
GOBERNAR EL PRESENTE
Enero 12, 2015

LAS NUBES Y ELLOS

FERNANDO VÁZQUEZ RIGADA

 

Hay una grave y profunda ruptura de los lazos que nos unen. Los eslabones de coincidencia están rotos. El espacio de convivencia, fracturado.

Hay un México que pa´ arriba voltea muy poco;  otro que pa´abajo no sabe, ni quiere, mirar.

El primero implica la grave tragedia de que la movilidad social se ha dislocado. La desigualdad, alerta Piketty, carcome las posibilidades de vivir en un sitio común. Los 52 millones de mexicanos que están presos en la trampa de la miseria, que carecen de educación, de salud, de alimentación, de futuro, son incapaces de imaginar un destino diferente.

Los que están en medio, que ganan entre uno y cinco salarios mínimos y que constituyen la gran franja de población ocupada (46.5 millones de personas),  presienten el peso abrumador de la arrogancia y el abuso de la reducidísima mayoría que habita arriba de la escala social.

Esos casi cien millones de mexicanos no pueden ver hacia arriba porque es un sitio inasequible. Jamás podrán, ya no llegar ahí: ni siquiera a aproximarse.

La posibilidad de ascenso está clausurada y, peor aún: también lo está la empatía.

Sólo 7% de la población gana más de 10 mil pesos al mes, de acuerdo al INEGI.

De ellos, una porción minúscula, el 1% de la población tuvo ingresos superiores a los 100 mil pesos mensuales. Ese es el establishment que lo controla todo.

Se trata una elite enferma: de avaricia, de ceguera pero, sobre todo, de soberbia.

A ella pertenece la alta burocracia del país, el alto empresariado, los líderes sindicales y los dirigentes políticos. Ahí están, también, algunos artistas, como la primera dama.

En el espacio del territorio nacional residen la pobreza más lamentable y la ostentación más ofensiva. Ambas se observan y desconfían. Ambas tienen rencor. Desprecio.

Hay avenidas que, parafraseando a Carlos Fuentes, no son vías de comunicación: son cicatrices que dividen el mundo de la opulencia y a menudo la frivolidad, del mundo del desamparo y el rencor.

El establishment mexicano no ha entendido que tiene todo que perder. No dimensiona la profundidad de la crisis que vivimos. No calibra el grado de hartazgo. No intuye las consecuencias fatales de la indignación.

De ahí su prepotencia, su arrogancia, su desprecio por los demás.

Eso explica el tono enfadado del presidente. El pretendido regaño, incomprensible, casi insolente, de Angélica Rivera. La cobertura en portada de Hola del viaje a China mientras el país hierve en indignación. Los intentos catequizadores de Televisa en el teletón. Los reproches de la elite al no recibir apoyo para construir un CRIT. El hecho de que los diputados se otorguen 3 meses de aguinaldo y 52 millones de gratificaciones por la aprobación de reformas. Que un gobernador anodino e ignorante como Manuel Velasco gaste millones de pesos en promocionar su imagen del presupuesto del estado más pobre del país. Que un funcionario de medio pelo le regale a su hijo un Porsche. Que un magistrado declare inocente a Raúl Salinas.

La ostentación ofensiva de la riqueza es un mal que pudre el alma de México. La ostentación es patente cada día lo mismo en Masaryk que en Garza García, que en Andares o en Boca del Río.

Si no por sensibilidad, la elite debería redefinir sus cursos de acción por elemental sentido de supervivencia. Si su signo es la conveniencia, deberían entender que hay más de 100 millones que no tienen presente, ni futuro, y que no tienen nada que perder. Las grandes sacudidas sociales se dan, justamente, cuando una abrumadora mayoría no tiene absolutamente nada que perder.

Deberían entender que el país no puede convivir como está. Que esta situación de abuso y desigualdad no puede continuar más. Que es mejor repartir las utilidades y lanzar un abrazo fraterno y solidario antes que perderlo todo.

No lo harán. Para abajo no saben mirar.

 

@fvazquezrig

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