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TRIBUNAS VACÍAS

Fernando Vázquez Rigada.

Triste, la foto del presidente inaugurando un estadio vacío.

Tribuna Vacía copy

La prueba de la plaza pública es la más dura a la que pueda someterse un político. Es inapelable. Multitudinaria. Despiadada por ser, sobre todo, anónima. ¿Quiénes son todos? Ninguno.

Al final, la plaza se traduce en termómetro: espóntaneo pero exacto.

Es, también, un fiel representante del efecto jauría de perros de pueblo. Sólo el primero que ladra sabe porqué lo hace. Los otros, no. Pero basta con uno que desgañite, que expulse su rencor, que grite su desesperanza,  para que todos los demás se animen a lo mismo.

En México, hace mucho que los políticos no se atreven a asistir a estadios, a la plaza de toros, a enfrentar multitudes.

El último que salió muy bien librado fue Adolfo López Mateos. En la inauguración de las Olimpiadas, en 1968, abierta de tajo la herida de los jóvenes masacrados en la Plaza de las Tres Culturas, el expresidente fue ovacionado. El ejecutivo en funciones, Gustavo Díaz Ordaz, fue repudiado. Invitó, a través de un edecán del EMP, a López Mateos que fuera a su palco. Don Adolfo se negó.

Echeverría no fue a un estadio, pero se atrevió a entrar a la Ciudad Universitaria y salió huyendo, sangrando por una pedrada. Miguel de la Madrid recibió la silbatina multitudinaria en el Estadio Azteca en la inauguración del Mundial 86.

Nadie ha vuelto.

Enrique Peña llega (casi) a la mitad de su mandato con un desplome en su aprobación. Un lamentable 36% le da Reforma en su encuesta trimestral publicada el viernes. Menos que Ernesto Zedillo tras el horror de diciembre de 1995.

No es un solo hecho lo que ha perforado la credibilidad presidencial. Son una cadena de actos pero también de omisiones la que lo explican.

Los actos: la lentitud en la respuesta a la tragedia de Ayotzinapa, el lamentable manejo en la crisis de la Casa Blanca, el fracaso previsible de la ronda uno. La fuga del Chapo Guzmán. El peso que se dobla. El crecimiento hiriente de la pobreza.

Las omisiones: su resistencia a la autocrítica pública. Su negativa a remover secretarios. La incapacidad, hasta ahora, de redefinir su mapa de navegación.

La realidad se impone. Si no creen en las encuestas, ahí están los estadios.

En el momento álgido de la crisis de Ayotzinapa, el secretario de Gobernación fue a Veracruz a inaugurar, en nombre del presidente, los juegos Centroamericanos. Sólo mencionar su presencia, la rechifla fue descomunal. El orador nombró al presidente y más se recrudeció el repudio.

No recuerdo una estampa más dramática, triste, lamentable, como la del Presidente inaugurando el nuevo estadio Femsa, en Nuevo León, con la tribuna vacía. Ni las fotos cuidaron al mandatario: toma abierta, que deja ver a espaldas de los 4,5 asistentes un imponente graderío azul sin un alma.

Inauguración a puerta cerrada: gobierno que se bate en retirada, incapaz de articular un nuevo discurso público. De ofrecer cambios. De  reemprender el reformismo. De retomar la iniciativa.

En vez de no asistir a la inauguración, que se cierren las puertas. Si la gente no quiere verme, peor para la gente.

El emperador Nerón, al menos, tuvo la previsión de contratar una legión de aplaudidores para cuando tenía sus fastos artísticos. Aquí ni eso. Nadie puede garantizar una ceremonia tumultuaria respetable,respetuosa, al jefe del ejecutivo.

Esa es la realidad, que debería calibrarse a plenitud.

Hay dos formas de abordarla: seguirla ignorando o medir puntualmente el temperamento público.

La primera vía implica seguir acumulando peso muerto y continuar el descenso. La segunda, dar un golpe de timón, ajustar el gabinete y aprovechar septiembre para reposicionar a la administración.

Faltan tres años. Y eso es mucho tiempo. Sobre todo si se elige la retirada y seguir dando encendidos discursos a tribunas vacías.

 

@fvazquezr

Comentarios

comentarios

1 Comment

  1. FELICIDADES FER….!!!!

    NUEVAMENTE ESTA EXCELENTE TU PUBLICACION….

    ABRAZO…!!!

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