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EL DESCENSO DEL DRAGÓN

Fernando Vázquez Rigada

 

China continúa siendo una fuente de preocupación en el mundo económico mundial. El vuelo del dragón ha perdido potencia y altura. Hoy la pregunta no es la magnitud del problema chino, sino qué tanto afectará al resto del mundo.

El coloso asiático se convirtió, en apenas 40 años, en la segunda economía más grande del mundo. No desplazará, en importancia y competitividad, a la economía norteamericana en el mediano plazo y quizá no lo haga nunca.

El PIB chino roza los 11.8 billones de dólares. Es, por tanto, equivalente al PIB combinado de Japón, Alemania, Inglaterra y Canadá. Con todo, sigue siendo distante del PIB estadounidense, que es de casi 18 billones de dólares.

La economía china está emproblemada, pero no en estado agónico. Este año, se estima que crecerá 6.5%, una cifra que ya quisieran muchos países. Pero hay varios asegunes. El primero es que las cifras oficiales chinas no son confiables. Segundo, la magnitud demográfica del país hace que esa cifra, 6.5%, sea el piso de crecimiento para sostener la generación de empleo que requiere.

El despegue fabuloso de esta economía ha propiciado que cerca de 500 millones de personas hayan salido de la pobreza. Con todo, el ingreso de cada niño sigue siendo muy bajo: se estima en 6,767 dólares anuales. La mitad del de cada mexicano y un 13% del de cada estadounidense. Hay cada vez mayor desigualdad: el 1% más rico de la población controla un tercio de la riqueza.

La actual situación china arrancó con el colapso financiero del año 2007. Cuando el tobogán especulativo arrojó a la economía mundial a la recesión, el gobierno chino utilizó las herramientas a su alcance para evadir la crisis. Lo logró, aunque incubó lo que padece hoy.

China recurrió a liberar dinero dentro de su mercado para migrar de las exportaciones al mercado interno como motor del desarrollo. La liquidez de los mercados hizo que hubiera un boom en el mercado de bienes raíces. La industria de la construcción se multiplicó. Lo hizo más allá de lo razonable. Surgieron rascacielos por todo el país, hasta que llegó el momento en que la oferta era muy superior a la demanda. Ahí comenzó el colapso. Hoy hay, así, una sobreoferta de inmuebles que ha puesto en jaque al gigante. Además mucho del dinero fue a parar a la bolsa de Shanghai.

Cuando la turbulencia llegó, lo primero que se desplomó fue la bolsa. En el año, las pérdidas han superado el 40%. El gobierno devaluó. Ha inyectado 156 mil millones de dólares a la bolsa para tratar de estabilizar. No lo ha logrado del todo. El peligro es doble: que el pánico resurja en cualquier momento y que se registre un contagio regional.

La economía china enfrenta un reto mayúsculo. Depende, y mucho, de su mercado interno. Las exportaciones ya no bastarán para salvar la estabilidad.

¿Qué tanto puede afectar un frenón chino al mundo? Para City Bank, llevaría al planeta a una nueva recesión. Otros, como The Economist o Paul Krugmann difieren.

Lo cierto es que los principales perdedores ya están a la vista. Los países que exportaron materias primas a China durante años, hoy sufren la devastación. Se extienden por todo el mundo: de Sudamérica al sudeste asiático y de ahí a África.

El malestar chino se refleja en el mercado petrolero, en el del acero, el hierro y una gran variedad de sectores adicionales.

Un riesgo adicional es el contagio del pánico: el hecho de que un tropezón chino se convierta en una caída mundial. Ese es un escenario latente.

Las próximas semanas serán decisivas para ver si la tecnocracia china es capaz de llevar a la economía a un aterrizaje suave o si, fatalmente, el descenso del dragó se convierte en desplome.

 

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