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LECCIONES DE LAS ELECCIONES

Por Fernando Vázquez Rigada

 

Pasados los comicios del 5 de junio, vale la pena ponderar con serenidad sus resultados.

El motor del tsunami que sacudió al sistema político mexicano tiene que ver, fundamentalmente, con un hartazgo ciudadano con respecto a los malos gobiernos y a una clase política ausente de los padecimientos de la población.

Se ha incubado, gracias a la arrogancia y al abuso, una sed de venganza justiciera que inunda al país.

Esta es la explicación profunda de lo que ocurrió.

Quienes buscan balas de plata, se equivocan. Hay una serie de factores, acumulados e interactuantes, que convirtieron esta elección en un grito de hartazgo contra la clase política.

Un grito que no ha sido escuchado.

No fueron las bodas gay. Ni el cannabis. Ni la 3 de 3. Ni la inseguridad. Ni la economía.

Fue todo junto, que se resume en dos palabras: gobiernos inútiles.

Por primera vez en 14 años, tenemos gobernadores mayoritariamente reprobados. El presidente peor calificado en 21 años: desde el horror de diciembre que desembocó en una aprobación de Ernesto Zedillo de solo 28 por ciento. Peña tiene poco más de 30.

No hubo un voto anti PRI. Cierto: el partido tiene muchos negativos y perdió más que los demás. Pero eso se debe a una razón puntual: tenía más que perder. Gobernaba 9 estados y perdió en 6. En las seis entidades, con la excepción de Aguascalientes, los gobiernos locales del PRI eran impresentables.

Pero lo mismo ocurrió en Oaxaca y Sinaloa con gobernadores desastrosos del PAN/PRD. El hartazgo fue tal que el PRI volvió, incluso poniendo en la boleta a personajes con apellidos despedazados.

Los gobiernos bien calificados, por el contrario, recibieron el respaldo ciudadano: Zacatecas, Puebla, Hidalgo. Tlaxcala tiene un gobernador mediocre pero no reprobado.

Cierto: hay factores locales que influyen, y mucho, en el resultado. Por lo mismo, querer imputar al presidente los resultados locales es una extrapolación.

Lo mismo ocurre con las lecturas peregrinas de la iglesia, académicos o comentócratas. Esos solo llevan agua a su molino.

La única pauta nacional real que sacudió los cimientos del sistema político, y ojalá lo haya hecho para siempre, fue un voto de castigo contra los malos resultados. Contra los funcionarios blindados que gobiernan ciudadanos aterrorizados. De gobernadores multimillonarios con sociedades hambrientas. De señores arrogantes y ciudadanos suplicantes.

Lo más desconcertante es el triste espectáculo de esta semana.

La clase política no solo no escuchó lo que dijo la sociedad: lo desprecia.

La iniciativa 3 de 3 que respaldamos más de 600 mil ciudadanos fue pisoteada por todos los partidos por resentimiento, por soberbia o por cálculo.

Resentimiento: el PRI y el Verde frenan un engranaje central de todo el sistema anticorrupción: la publicidad.

El PAN, creyendo que la victoria que les cayó como efecto colateral del hartazgo, es un reconocimiento social a su espléndida labor, incuba una represalia contra el sector privado e idea el absurdo de obligar a los ciudadanos que reciban recursos públicos a presentar también su 3 de 3. Esa locura la retoman y aprueban el PRI y sus aliados.

Los senadores afines a Andrés Manuel López Obrador, encabezados por el demócrata e impoluto Manuel Bartlett, ni siquiera tienen el valor civil de emitir su voto: se escurren de la sesión y rompen, con ello, la mayoría opositora.

Todos son responsables de este desastre que es México. Lo que hicieron con la 3 de 3, todos, indica que no escucharon el alarido cívico del día 5.

Pero los ciudadanos aprendieron que el voto no es un derecho: es un arma para detener abusos y, quizá, encarcelar a los responsables de la penuria pública.

La lección de la elección no ha sido aprendida. La clase política, lo vimos, cree que el 6 fue un final.

Se equivocan: es un principio.

 

@fvazquezrig

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