Fernando Vazquez Rigada

Fernando Vázquez Rigada

La honestidad jamás ha sido el fuerte del sistema priísta. Un graffiti, aparecido en la primera alternancia en Jalisco, describía con precisión la opinión social sobre el desempeño de los partidos. Apareció en una pared de Guadalajara tras tres años de gobierno estatal panista. Decía:

-Que se vayan los pendejos y se vayan los corruptos.

La gente sabía que el PRI era deshonesto, pero era eficaz. El prototipo del caudillo tricolor de la época era Carlos Hank González. Todos sabían la debilidad del profesor por el dinero. Acuñó la frase, grotesca e inmortal, de que “un político pobre era un pobre político”. Pero el profesor resolvía problemas. Negociaba. Operaba. Transformó a la Ciudad de México a través del sistema de ejes viales.

De una u otra forma, los mexicanos sabían que la gran debilidad del PRI era su opacidad, pero reconocían su eficiencia.

El PRI, por su parte, nunca logró entender a cabalidad el mandato ciudadano que lo sacó de Los Pinos. El país estaba agotado de un sistema abusivo y viejo. Llegó la alternancia. El partido, huérfano, entendió que debía renovar su imagen. Nunca entendió que también debía renovar sus métodos y abrazar un código de ética.

El país cambió. El PRI, no tanto.

Ahora que las cosas se han descompuesto, que los muchos fantasmas –Tlatlaya, Michoacán, Ayotzinapa, Casa Blanca etc.- acechan al Presidente, es evidente que el PRI ha perdido su eficiencia. No ha eliminado, sin embargo, la corrupción.

En suma: el PRI perdió su mejor cualidad y resguardó su peor defecto.

El desencanto social se nutre por la certeza de la ausencia de alternativas. No hay en el horizonte un liderazgo, partidario o no, que pueda aglutinar el imaginario popular.

Todos los partidos tienen sus clósets repletos de cadáveres que expiden el tufo a abuso y corrupción.

Hace falta una nueva ética pública, pero nadie se atreve a dar el primer paso.

La sociedad demanda herramientas que pongan un freno al saqueo de las arcas públicas. Pero los políticos, para hacerlo, tendrían que ir contra sus propios intereses.

Es cierto, pero no hay otro camino.

Cuando el afán de cambio es tan grande que es imposible de frenar, la única posibilidad de conducirlo es encabezándolo.

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