Fernando Vazquez

20/06/2010

La justicia se define en dos sentidos. Uno general, que dice que hay
que dar a cada quien lo que le corresponde y otro, aristotélico que
define justo tratar igual a los iguales y desigual a quienes no lo son.

El más alto Tribunal de la República hizo, este miércoles, muchas
cosas, pero no impartió justicia. Protegió intereses, desechó
elementos clave de una investigación que tardó un año en cerrar con un
decepcionante fallo y declinó señalar responsables. Su fallo terminó
con una mera declaración: sí hubo violaciones graves a los derechos
humanos. Con ello, lamentó este hecho para los muertos y exculpó a los
vivos.

La Corte se reveló corta. Sigue siendo Suprema, pero ya no es de
justicia. Los padres que perdieron a 49 niños en el incendio de la
Guardería ABC tienen un llanto doble: uno que recuerda a sus muertos y
otro que duele más: el de tener la certeza que no pasará nada. Fueron
en busca de justicia porque sabían que enfrentaban a intereses
excesivos. Buscaban que se tratara de manera desigual a aquellos que
lo tienen todo, que pueden comprarlo todo, que pueden manipularlo todo.

La Corte recibe el golpe demoledor del descrédito por las propias
expectativas que generó. Dio a conocer los resultados de una
investigación dilatada, que señalaba datos de escalofrío: sólo 4% de
las guarderías del IMSS cumplen con la norma oficial. Había un
desorden generalizado.

Esta percepción la ratificó la ponencia presentada por el ministro Saldívar: era tal la gravedad de los hechos consignados que la Corte, a su juicio, debía emitir una postura
jurídica, política, ética y moral.

Pero era demasiado: la propuesta quería redefinir el concepto de
responsabilidad en un país irresponsable.

Saldívar recogía los principios de la mejor impartición de justicia.
Pienso en la Corte Warren, que modificó de manera decisiva el destino
de Estados Unidos al emitir criterios legales, pero también de
orientación de la vida pública a través del derecho con discusiones
llenas de miradas largas, profundas, que trascienden lo que pueda
decir, o no, un artículo. Toda redacción lleva bajo su letra una
intención, un sueño, un propósito. Desentrañarlo es la obligación de
un alto Tribunal.

Quedó de manifiesto, así, que no hay puerta de salida posible al
ambiente de degradación que nos inunda. Flota en el ambiente la
certidumbre de que se protege a los poderosos y que las Instituciones
se postran frente a los intereses especiales que aprisionan el
desarrollo nacional.

La Corte dictó su fallo: no hay culpables, no hay señalamientos dignos
de mencionarse, sólo personas de quinta, sexta jerarquía: aquellos que
no pueden elevarse hasta los oídos de los Ministros.

Para seis Ministros, no hay desorden general en las guarderías. Para
cinco, sí. Pero el fallo permanece. Si algo ocurre en el futuro, será
responsabilidad de uno de ellos. Así es la democracia. El argumento
para no desmantelar el sistema actual por parte del Ministro Anguiano
pone toda la luz sobre la estatura de algunos Ministros: si cerramos
este desorden, ¿a dónde van los niños?

Tiene razón: mejor que permanezcan en riesgo, que sean mutilados, que
mueran. Eso sí: legalmente.

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