Fernando Vazquez

25/01/2009

Se avecinan tiempos de desventura. La confluencia de las diversas crisis es inminente, poniendo en riesgo la estabilidad de la República. Existen dos tipos de crisis: las externas, que son provocadas por fenómenos ajenos al control del estado nacional y aquellas que se van incubando por años en el seno de las sociedades. México está por enfrentar ambas.

La quiebra del sistema económico mundial era un acontecimiento previsible. Durante años se alertó sobre la necesidad de regular diversas actividades empresariales, en particular el flujo de recursos financieros por todo el orbe. Es famoso el episodio en donde el magnate George Soros especuló contra la Libra en la bolsa de Londres y provocó una desestabilización de la moneda y acumuló una ganancia exorbitante en horas. A pesar de estos hechos, en donde especialistas calcularon que 1.3 billones de dólares se movían cada día por el mundo sin control, los grandes países hicieron nada para remediar el mal. Hasta que este los arrasó.

La crisis que enfrentará México no es menor. La Secretaría de Hacienda ha anticipado que el crecimiento económico será cero, aunque los analistas del sector privado calculan que la economía se contraerá 1.3%. Con ello, se calcula que el país pederá 200 mil empleos en los próximos doce meses. Habrá, pues, más gente en la calle. Esto vendrá a poner una presión terrible a la gobernabilidad del país.

Los datos más recientes revelan que existen, hoy, casi 12 millones de mexicanos que se mantienen de la informalidad. Esta cifra contrasta con los poco más de 14 millones de trabajadores afiliados al IMSS, de los cuales 12.5 son permanentes. En otras palabras: la informalidad emplea prácticamente al mismo número de mexicanos que están incorporados al IMSS de manera permanente. Peores noticias: la otra gran válvula de escape de los mexicanos en el desamparo, Estados Unidos, está cerrada.

El resultado previsible de esta vertiente de la crisis será un aumento en los índices de criminalidad. Vieja historia probada, existe una erupción de violencia asociada a las crisis económicas. Las malas nuevas es que, en las crisis recurrentes de los 80´s, la espiral del crimen no se combinaba con el poder de una fuerza inmensa, el narcotráfico, que hoy está enfrentando a una facción del estado. Subrayo: la lucha entre el crimen organizado no es contra la totalidad del estado pues es evidente que una parte de las instituciones está trabajando con y para el hampa. El Congreso de la Unión reveló que más de 600 mil armas ingresaron al país el año pasado, lo que indica la porosidad de la frontera, las aduanas y los gobiernos locales. En este cuadro surrealista, el país perdió 5,620 vidas en el 2008: una verdadera guerra civil.

La complejidad de lo que vendrá es que el tipo de crímenes que se cometen en época de crisis tienen que ver, primero, con una vertiente patrimonial: robos y asaltos. En esta dinámica, sin embargo, se escala hasta llegar a los crímenes que atentan contra la integridad física: un cocktail explosivo.
El gran peso de esta descomposición la tendrá que soportar una sociedad civil harta y debilitada. El tejido social más frágil de la nación se verá rasgado por la baja del flujo de remesas que provienen del norte.

En medio de este ambiente turbio, las fuerzas políticas se confrontarán por el control de la Cámara Baja y seis gubernaturas. Las elecciones son, parafraseando a Clausewitz, la guerra por otros medios. Por lo mismo, no abonará a una mayor estabilidad el hecho de que las elecciones se celebren a mitad de año.

Parte de la descomposición nos ha llegado del exterior, pero una gran responsabilidad, también, subyace en la posposición de decisiones fundamentales para el país. La competitividad nacional, por ejemplo, ha ido en picada del año 2000 a la fecha. En aquel año, México ocupaba el lugar 42 en el ranking de competitividad del Foro Económico de Davos. Hoy ocupa el lugar 60. La lucha contra el crimen no ha contado con una vertiente de inteligencia ni de coordinación y el combate a la pobreza tiene como objetivo principal formar redes clientelares que generan votos. Se trata, entonces, de la sustitución de la política social por la política electoral de la pobreza.

En este contexto, la madurez de la clase política, si la hay; la responsabilidad de los partidos, si existe, será determinante para el futuro inmediato del país.
Por este clima que no abona a la democracia, es de anticiparse una bajísima participación social en los comicios, con lo que se cierra el círculo perverso de la descomposición. La baja participación, producto del desencanto, de la certeza de que las políticas públicas sirven de poco, de que los problemas se acumulan y envejecen sin encontrar soluciones reales y de fondo y, sobre todo, la percepción de que es la transa y la oscuridad lo que domina los espacios públicos, hará que tengamos, progresivamente, una clase política con menos legitimidad.

No se trata, por supuesto, de un asunto menor. La legitimidad es la cimiente que permite las grandes construcciones sociales. En la teoría democrática, la mejor legitimidad proviene, o debería provenir, de las urnas. En México, sin embargo, proviene de la amalgama de intereses, poderosos pero minoritarios que son quienes terminan definiendo el rumbo del país.

Alguna vez, José Vasconcelos definió a la generación liberal como una de gigantes. Los desafíos del país lo ameritaban. Hoy, sin embargo, seguimos esperando que surja un sentimiento colectivo de responsabilidad y de urgencia que, desafortunadamente, no llega, y se pierde entre los intereses de una clase dirigente de bajísima estatura

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