Ariculos 2011

10/05/2011
La derecha más autoritaria, de la mano de la sociedad más lastimada, está presionando al gobierno, que no a la autoridad, a que tome medidas extremas para frenar el deterioro del país.

Como una herramienta útil, se habla de la posible suspensión de garantías en territorios determinados. Esto permitiría al Estado a utilizar todo el peso de su fuerza sin el contrapeso de la ley. El sueño de cualquier dictador. Efectivamente, la Constitución prevé esa posibilidad. De facto, la suspensión de garantías ya ocurre en el país: en Tamaulipas, en Juárez. ¿Alguien puede alegar que los ciudadanos de esos lugares gozan de algún tipo de protección constitucional? No, por supuesto.

Con todo el riesgo de medidas extremas son sus resultados extremos. Desaparecer las garantías abre la puerta a mini golpes de Estado. A que la tropa libere toda su energía contra quien resulte sospechoso. La ley escrita se sustituye por la ley del Talión exponenciada: veinte ojos por un diente. Abriríamos, así, la puerta a la actuación brutal de los torturadores, de los ejecutores, de los abusadores institucionales. Y, cuando todo terminara, si es que termina, el Estado raquítico, corrupto e inepto, como el dinosaurio de Monterroso, seguiría ahí.

Con todo, el peligro mayor de una medida así es que se trata de un sofisma. El Estado de excepción no nos devolverá a la normalidad. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo, si según la ONU hay 700 municipios controlados por el hampa? ¿Cómo, si hay 500 mil mexicanos trabajando para el narco? ¿Cómo si hay 7 millones de ninis? ¿Cómo si hay 11 millones de migrantes?

La normalidad volverá no cuando abandonemos la ley sino cuando nos abracemos a ella. Retornará no cuando sustituyamos a la política por la fuerza sino cuando hagamos valer la fuerza de la política.

El país necesita enfocarse en materia educativa, para desarticular el poder de un sindicato que ha producido en masa jóvenes sin capacidades para competir en el mundo global. Requerimos un modelo que privilegie el crecimiento y encienda nuevos motores del desarrollo para generar empleo de calidad. Urge el desmantelamiento de monopolios que asfixian la competitividad del país. Necesitamos políticas sectoriales de fomento al crecimiento. Debemos replantear el viejo trauma de tener un súper peso a costa de deprimir al sector exportador: el que paga mejores salarios y emplea a mexicanos más capacitados. Estamos obligados a replantear los horizontes de la industria energética nacional. No es postergable la decisión de reasumir el concepto de soberanía alimentaria como eje gravitatorio de la seguridad nacional. Y no es asumible tener, por más tiempo, un país consumido por la pobreza y la desigualdad.

Como se ve, quienes piden que se aplique el Estado de excepción en México se equivocan. México ya es un Estado de excepción: por sus agujeros fiscales, por la no aplicación de la ley, por la simulación educativa y por confundir el dogma revolucionario con tener un campo empobrecido y estructuras sindicales corruptas.

Ya no necesitamos más valentía sino más inteligencia. No pedimos más mano dura sino mano firme que sepa a dónde conducir a un país. México no demanda más agallas sino más sensibilidad. ¿Ahí están las herramientas que van a resolver todos nuestros problemas?,  sin excepción.

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