Fernando Vazquez Rigada

Fernando Vázquez Rigada
Mayo 26, 2014

Ricardo Anaya se presentó como una opción oxigenante del panismo. Su paso por la presidencia de la mesa directiva de la Cámara de diputados fue sorprendentemente grata. Orador nato, fino de modales, conciliador. Joven. Buena imagen. Por esa proyección fue elegido por Gustavo Madero para acompañarle en la fórmula con la que consiguió su reelección.

Anaya fue un instrumento de Madero para limpiarse la cara de los escándalos que lo acechan. No son pocos ni menores. La sombra de la corrupción destila un tufo de descomposición. Por eso era imprescindible tener una cara fresca, poco conocida y representante de una nueva generación. Alguien que, en teoría, fuera todo lo que Madero no es.

Ricardo Anaya tuvo que estar consciente de que ése era el rol que se le encomendaba. Limpiar la suciedad. Esconderla. Maquillarla. Envolverla en una retórica conciliadora. Lo admitió y lo hizo bien.

Pero el costo es terrible. Anaya llegó a la presidencia de la Cámara por un acuerdo cupular doble. Por un lado entre Madero y Luis Alberto Villarreal, nada menos que el señor de los moches. Villarreal empujó a Anaya ante la junta de coordinación política. Su ascenso está, entonces, vinculado a lo peor del maderismo.

Abandonó su curul con obediencia para lanzarse a la función que le fue ordenada. En campaña, cuando salió a la luz pública que parte de la campaña de Madero (y de él) se podría haber financiado de dinero ilegal, gestionado por el diputado Jorge Iván Villalobos, Anaya no dijo nada.

Hoy, tras resultar elegido, el flamante Secretario General habla que es imperativo avanzar contra la corrupción. Advierte que presentarán una iniciativa de ley al respecto. Madero y él. Lo hará, dice, porque tiene la responsabilidad generacional de cumplir con honestidad.

Para hacerlo, sin embargo, no necesita iniciativas: necesita denunciar a su ex jefe y promotor: Luis Alberto Villarreal. Necesita impulsar un juicio de desafuero para que se investigue y se castigue el tráfico de influencias. Necesita denunciar penalmente a Jorge Iván Villalobos. Necesita exigir cuentas a Gustavo Madero.

Para combatir la corrupción no se necesitan más leyes, sino que las que existen se cumplan. No hace falta legislar contra los corruptos, sino alejarse de ellos.

Por el contrario, lo primero que hicieron fue ratificar en el cargo a Villarreal. Anaya ha atado su suerte a un grupo de señalados, olvidando que, al final del día uno es lo que le rodea. Tristemente, la sumisión vence al ideal. El hecho a la palabra. El barniz se cae.

Ricardo Anaya tiene un lenguaje joven pero una actitud vieja. Una imagen fresca, pero un actuar caduco. Es joven, pero es viejo.

Qué pena. Qué decepción. Qué desengaño.

@fvazquezrig

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