Fernando Vazquez Rigada

Con admiración y gratitud para Froylán Flores Cancela

Fernando Vázquez Rigada
Diciembre 16, 2013

Este año, 2013, será recordado como en al año de inflexión. El que lo cambió todo. Para bien o para mal, México no volverá a ser el mismo.

1913 fue un año parecido. Huerta ejecutó al presidente Madero y desató con ello la violencia más devastadora que haya conocido la historia nacional. Bajo la sangre derramada, fructificó un país nuevo.

Este año se dieron un cúmulo de reformas que, de procesarse adecuadamente, cambiarán el rostro de la nación.

Enrique Peña tomó una decisión estratégica. Una que no tuvo el valor de asumir Vicente Fox: aprovechar el capital político que le dieron las urnas y el bono de una segunda alternancia para impulsar la más ambiciosa, a veces agresiva, agenda de reformas de, al menos, el último cuarto de siglo.

Para hacerlo, se enfrentó a intereses extremadamente poderosos de todo el espectro social. Tocó al sindicato de la educación y encarceló a Elba Esther Gordillo. Dobló a los grandes poderes económicos al aprobar una reforma a la ley de telecomuncaciones y al cerrar los hoyos fiscales que drenaban la recaudación del país. Clausuró los regímenes especiales que no pagaban impuestos y quebró la impunidad fiscal en la bolsa. Impuso condiciones a la banca para abrir el flujo del crédito a las micro empresas. Logró la aprobación de un órgano anticorrupción. Cocinó un bodrio para el régimen electoral y reformó el sector energético para abrirlo a la inversión privada.

Los costos están a la vista. Su popularidad está en el suelo. Hay un país confundido y dividido. Hay sectores lastimados. Hay calles tomadas. Hay violencia creciente. Hay autodefensas que amenazan la gobernabilidad. Hay gobernadores que siguen asumiéndose señores feudales.

Pero el país no volverá a ser igual. ¿Será para bien o para mal?

Si el grupo reformista es capaz de actuar con patriotismo y arrojo, los beneficios serán mayúsculos en su conjunto. Se puede o no estar de acuerdo con el tipo de reformas, pero nadie puede negar que urgían. Urgían desde el punto de vista social, económico, pero también político, porque se había generado la certeza de que la clase política solo tenía un acuerdo y solo uno: no acordar.

Para empujar al país hacia adelante se requieren tres temas: que las reformas sean reales, que distribuyan sus beneficios y que la modernización de las estructuras del país llegue a todas partes.

Las reformas son un paso inmenso, pero son irreales. Nadie vive en la constitución, mucho menos en México. Al catálogo de buenos deseos habrá que darle leyes secundarias que efectivamente consoliden cambios. La enorme voluntad de los conversos priístas en el congreso que en el 2008 se inmolaron contra la reforma petrolera de Calderón y hoy aprobaron una más agresiva, tendrán que probar que son congruentes con su nueva fe antimonopólica y meter al orden a las televisoras, a Telmex, a los bancos, y a todos los monopolios que hay en el país. Tener la gallardía para impedir que Pemex se extinga en tres años. Hacer que México sea un país no sólo de mercado sino de libre mercado. Aprobar una reforma educativa en la constitución y frenarla en la mesa de negociación es, justamente, lo que siembra la duda sobre la voluntad real de transformación.

Segundo: si estas reformas no son controladas por el estado, con órganos reguladores honrados, profesionales, y eficientes ; si no se aplican correctamente las leyes fiscales para distribuir sus beneficios a través de los nuevos mecanismos de recaudación y de redes de protección social, el país vivirá momentos de inestabilidad y, posiblemente, de violencia.

Por último, si la modernización va en serio, tendrá que tocar hasta el último de los enclaves locales. Conviven en México dos realidades. La federal y la local: condición inaceptable en un país que aspira a un desarrollo con inclusión.

México no volverá a ser igual. 2014 determinará si el cambio es ganar o para perder.

Nos leemos el próximo año. Felicidades.
@fvazquezrig

diciembre 16, 2013

Este año

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