01/10/2005
La conquista del poder se fundamenta en la capacidad de generar sentimientos en las personas. Las campañas políticas -y el ejercicio mismo del poder- se basa en el despertar de emociones en los ciudadanos. Las percepciones, creencias y sentimientos son, para el poder, la vida.
La lucha por el poder se centra en la persecución de un bien superior: la justicia, la armonía, la comunidad perfecta, la seguridad. Para perseguir este bien, la sociedad se moviliza a través de los liderazgos que mejor garantizan su consecución.Con todo, dentro de esa amplia gama de sentimientos, dos son fundamentales: la ambición y el miedo.La ambición nutre las principales escuelas liberales, idealistas e igualitarias. Los ciudadanos aspiran a una vida mejor, a la prosperidad, a una vida digna: a mayor libertad, mayor bienestar. Las propuestas sustentadas en la ambición son meramente aspiracionales.
Pero existe otra escuela, que sustenta la existencia del poder para protegernos del mal mayor que nos aqueja: nosotros mismos.
Thomas Hobbes propuso la seguridad como fuente del poder. Fue uno de los pensadores originarios de la escuela del miedo como motor del poder. Lobos todos, los hombres buscan vencer sus miedos cediendo parte de su libertad. En la jerarquía de valores del Leviatán, la seguridad y la tranquilidad están por encima de la libertad. El miedo, así, triunfa sobre la ambición.
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