Fernando Vázquez Rigada
Como nunca en más de un siglo, la gobernabilidad del país, su estabilidad económica y su independencia territorial están en riesgo. Esto aún no lo ha entendido la presidenta de la República.
Es una vergüenza que la tensión actual haya provenido de Estados Unidos, como una consecuencia del actuar como mafia, protegerse entre sí, cumplir con el pacto de silencio, eliminar a los incómodos.
Por lo pronto, el régimen ha optado por seguirse encubriendo. Quizá provocando intencionadamente a Estados Unidos, quizá obligado por el peso de la colusión y la corrupción.
Estados Unidos tiene muchas palancas para descarrilar al régimen ante la evidencia de amalgamiento con criminales. Vendrán tiempos terribles.
La capacidad de gobernar del Estado está sujeta con alfileres. Hay una constelación de autoridades —gobernadores, cientos de alcaldes, legisladores— inútiles, ignorantes, cómplices o empleados del crimen organizado. Instituciones cooptadas. La presión social por la impunidad crece. La corrupción ofende. El crimen atenaza.
La estabilidad económica pende del equilibrio cada vez más difícil: mantener orden fiscal y derramar apoyos a la base electoral, sostén del régimen. Pero el país no crece y ya se resiente. La inflación consume el ingreso familiar: un botón de muestra: el costo para una familia de 4 personas para pagar sus necesidades básicas —alimentos, vestido, transporte, etc.— pasó de 11,942 pesos en 2018 a 19,762 pesos en marzo.
Bajo el gobierno de Trump, no puede excluirse una acción militar de extracción de algún imputado por el Departamento de Justicia de EU. Ya lo hicieron con El Mayo (y el presidente era Biden), pueden hacerlo hoy y eso implica una vulneración territorial terrible.
Quizá, de manera absurda, a eso le apueste el régimen. Las encuestas revelan un rechazo aplastante a una acción de ese tipo. Los duros del régimen tienen cooptadas las decisiones del ejecutivo bajo una óptica partidista y no una soberana. Una afrenta así le permitiría al régimen recuperarse del desastre por un motivo de patriotismo. Piensan que es mejor asegurar una elección que la integridad del país.
Pero Estados Unidos puede aún jugar otras cartas. Prohibir la venta de gas y mandarnos a un apagón tipo Cuba. Paralizar al país impidiendo las ventas de gasolina o cerrando la frontera. Pausar el Tratado. Cualquier medida de ese tipo generaría un shock externo de gran magnitud.
Otra vez, para los duros, eso no implicaría mayor problema. Abrazarían el discurso del enemigo externo, como el bloqueo cubano o la penuria venezolana.
Tristemente, estos son escenarios probables. La reacción de la nueva nomenclatura ha sido clara: protegerse y seguir las instrucciones que reciben desde el sur y desafiar a Estados Unidos. Por eso en la mañanera del jueves la Presidenta se hizo acompañar por Mario Delgado y el lunes 4 por Luisa María Alcalde. Por eso la presencia de Jesús Ramírez en el Congreso de Morena el domingo, con la permanencia de Andy López Beltrán y la incapacidad de sustituirle con Esthela Damián. Por eso las declaraciones de funcionarios de que nada sabían sobre los vínculos criminales de Rocha y su pandilla.
De no haber un giro pronto en la agenda gubernamental, vendrán tiempos aún más aciagos. Habrá la certeza de que no se va a limpiar la casa. De que primero está el partido y luego México. Que importa más el pacto de poder mafioso que la tranquilidad de la gente.
Pero habría que recordarles algo a los operadores del régimen: el poder acaba. Ellos se irán, y Estados Unidos seguirá ahí, con los procesos abiertos contra quién sabe cuántos.
Cuando eso ocurra, habrá nuevas responsabilidades penales.
La omisión, no olvidarlo, implica una responsabilidad legal.
Los protectores de hoy pueden convertirse en los prófugos de mañana.
@fvazquezrig