Fernando Vázquez Rigada
El quiebre de las izquierdas en el continente crece cada día.
En solo tres años, han sufrido derrotas en Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Honduras, Perú y Colombia.
La dictadura venezolana fue descabezada y la cubana agoniza, mientras se entrega a la inversión privada.
En total, más de 230 millones de personas han dejado de ser gobernadas por las izquierdas de 2023 a la fecha.
Quedan en pie Brasil y México.
Brasil (214 millones de habitantes) tendrá elecciones en octubre y las encuestas anticipan que la contienda se cierra mes con mes. El presidente Lula se mantiene arriba, pero la brecha es ya de solo seis puntos, en promedio, frente a Flavio Bolsonaro. Iván Cepeda, el fallido candidato comunista de Colombia, estaba once puntos arriba en enero.
En México se registra también una caída importante de Morena en las preferencias electorales. Ningún partido ha recogido esos votos, pero eso no significa que no pueda ocurrir.
¿Qué ha sucedido?
La respuesta simplona —y chillona— de los izquierdosos ha sido la injerencia extranjera.
Pero es falso.
Como se vio, la caída comenzó antes de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
Salvo el caso de Venezuela y Cuba, donde la presión norteamericana sí ha sido fundamental, hay condiciones de fondo que, al menos hacia adentro, los estrategas del populismo deberían tomar en serio.
El común denominador de las derrotas gira en torno a un triángulo: corrupción, inseguridad y carencia económica.
Con mayor o menor intensidad, el electorado ha respondido a una desilusión que, en política, no es nueva: la novedad deslumbra; luego se vuelve parte del paisaje y, al final, desencanta.
Los escándalos de corrupción o los excesos golpean de frente la oferta toral de renovación pública con la que esos movimientos llegaron al poder. El oropel engulló a los viejos luchadores que, pronto, degeneraron en políticos chapados a la antigua.
Ninguno de esos gobiernos ha podido controlar la inseguridad. El miedo desborda las calles. La violencia revienta la esperanza. Las denuncias de ser socios del crimen —de México a Venezuela y de Colombia a Bolivia— fluyen contra los regímenes populistas. Cuando el hartazgo supera al miedo, se convierte en un potente catalizador del voto.
Por otra parte, la inmensa popularidad de repartir dinero entre los más necesitados se va apagando cuando esa política se vuelve insostenible. Deja de ser novedad. Los servicios públicos caen a pedazos: la educación, la salud, la seguridad social y la infraestructura. Las izquierdas han sido incapaces de generar empleos formales, de innovar y de encender nuevos motores de desarrollo. En suma, no saben cómo hacer crecer la economía y repartir sus beneficios. Al final, estos son los verdaderos sostenes de una prosperidad amplia, profunda y prolongada.
Por último, los populistas confrontan y polarizan. Cuando llega la penuria electoral, no hay moderados a quienes apelar.
Decir que un tuit, una declaración o un señalamiento modifican la intención de voto de las personas es despreciarlas.
La gente sabe. La gente piensa. La gente tiene iniciativa.
El quiebre viene no de afuera, sino de adentro. No de la injerencia, sino de la incompetencia.
Nada hay más terco que la dura, desquiciante y dolorosa realidad.
@fvazquezrig