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EL REINO DE LO IRREAL

Fernando Vázquez Rigada
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José Antonio González Anaya, director general del IMSS, enfermó y fue a atenderse a una clínica de la institución que dirige. Fue como un ciudadano más. Ahí pudo verificar el trato lamentable que deben padecer millones de mexicanos.

El hecho debería ser mucho más que un anécdota y convertirse en una práctica cotidiana de los gobernantes. La ovación, nos recordaba Eliseo Alberto, es siempre peligrosa: ensordece.

Los gobernantes no están acostumbrados a escuchar los sentimientos de la sociedad. Hay una burbuja que, primero, los encapsula, luego les miente y termina por enloquecerles.

Adolfo López Mateos fue el último presidente que pudo ir sin temor a estadios, arenas de box, plazas de toros. Solía escaparse de su escolta. Estaba en contacto permanente con la realidad. Lázaro Cárdenas ejercía el poder escuchando. Sabía del mundo del simbolismo y ahorraba palabras.

Desde 1968, ningún presidente ha podido asistir a la Universidad Nacional, lo que habla de una distancia infranqueable entre los gobernantes y sus jóvenes. Luis Echeverría lo intentó y fue lapidado. Enrique Peña casi conoce su Waterloo en un encuentro con jóvenes de la Ibero que se salió de control y se viralizó como el movimiento #yosoy132.

Miguel de la Madrid paladeó el amargo sabor del repudio hecho rechifla en la inauguración del mundial de fútbol en el Estadio Azteca. Díaz Ordaz pidió a López Mateos que lo acompañara a su palco en las olimpiadas, a lo que el expresidente se negó, para mitigar los reclamos.

En la actualidad, los gobernantes se alejan de la realidad de manera consciente. Se informan a través de resúmenes de medios que les prepara su staff de comunicación. Creen las noticias que saben que pagan. Identifican conspiradores en sus críticos. «No leo los periódicos: me amargan», dijo Vicente Fox.

Pocas veces hay pluralidad dentro de los equipos, lo que convierte a las sesiones de gabinete en discursos uniformes donde poco se contrastan ideas. A eso se llama «pensamiento de grupo», que termina por dislocar la riqueza intelectual de contrastar ideas diferentes. Cuando alguien no piensa como el gobernante, es intrigado o despedido. Jesús Silva Herzog fue echado de la Secretaría de Hacienda por disentir de la política económica que eligió Miguel de la Madrid y que apoyaba la visión neoliberal de Carlos Salinas. Le llamaron traidor en los medios y en el PRI, porque hay sitios en donde disentir es traicionar. Manuel Camacho fue aislado del círculo salinista por sus posturas. Felipe Calderón estallaba ante los disidentes, hasta que dejó de haberlos.

Al final, en el reino de la locura, el gobernante piensa que puede hacer lo que le plazca. Confunde su capricho con la política pública. Considera que el dinero suple a la ausencia de ideas. La simpatía al talento. La complicidad a la lealtad.

Deja de representar el poder: lo encarna. Cree que puede ajustar la realidad a su realidad. Cree tanto en su mentira que termina creyéndola.

Sólo hay algo peor que el autoritarismo absoluto: la democracia corrompida. lo es porque el autócrata sabe que hay reglas, escritas o no, que deben cumplirse. La democracia pervertida genera un mundo irreal, una fantasía grotesca que hace delirar con que lo irreal es una verdad absoluta y, peor, socialmente ovacionada.

@fvazquezrig

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