Fernando Vázquez Rigada
Las designaciones de los 17 candidatos a gobernador por parte del oficialismo dejan varias lecciones. Morena está en un laberinto. Le amenaza la centrifugación: la desintegración del todo por giros de alta velocidad.
Van las lecciones.
La primera, más evidente y más delicada para el país, es la inexistencia de autoridades electorales. Una democracia se mide por el respeto al derecho y por el funcionamiento libre de sus instituciones. Eso se acabó. La violación abierta de la ley, el silencio de unas autoridades, el aplauso de otras, es el indicador de que la democracia se extingue. Morena, desde el invento de las corcholatas, ha atropellado todas las normas y nos grita elección tras elección: “no me vengan con que la ley es la ley”.
Segundo: el poder dentro de Morena dejó de ser monolítico. La jefa del ejecutivo no posee la fuerza para imponer su voluntad. El peso de las y los gobernadores fue central. Quitando a los 4 estados en donde no gobierna Morena, en 6 de 13 se impusieron los mandatarios estatales: Sonora, Campeche, Colima, Michoacán, Quintana Roo y Zacatecas.
Esto revela que no existe el control de una estructura nacional como ocurría con Andrés Manuel López Obrador. Otros estados se reservaron a militantes antiguos de izquierda y otros fueron piezas de sacrificio, como en Querétaro, San Luis y Nuevo León.
Tercero: Morena debe comenzar, pronto, una operación cicatriz. La izquierda en México siempre ha sido caníbal. Izquierda sí come izquierda. Hay, se vió, mucho resentido. Hubo lagrimas. Bocas torcidas. Manos hechos puños. La fractura no es indispensable para causar derrotas: a veces bastan los brazos caídos. ¿Quién lo hará?
Cuarto: Morena ha perdido arrastre electoral y lo sabe. Ha tensado la relación con sus aliados, pero al final cedió, y mucho, ante el Partido Verde. Le mantiene San Luis y Quintana Roo. Le dan, además Nayarit: estado pequeño, cierto, pero con una potente zona turística que es uno de los nudos de negocio de la dirigencia tucán.
Quinto: la presidencia sabe de gobernadores impresentables. No es, obvio, que otros no lo sean, pero Marina del Pilar, Rubén Rocha y Victor Castro fueron excluidos de su sucesión casi de manera grosera. Los dos primeros poseen abiertos expedientes en Estados Unidos. Marina del Pilar parece haber negociado lo que sabe y entregado a su ex marido: más vale un mal divorcio que una buena celda en EU. Rocha amagó pero sigue impune, tan campante. Victor Castro no pudo controlar ni su mitin de informe presidencial en donde se llevó sonoro abucheo.
Sexto: hay barruntos de deslinde con López Obrador. Será el sereno, pero Rafael Marín Mollinedo, Andrea Chávez, Raúl Morón y Tatiana Clouthier —aunque ésta no mereció ni el abrazo de despedida cuando el mandamás la corrió— se quedaron, para usar el término beisbolístico que le encanta al habitante de Palenque, con la macana al hombro.
Séptimo: falta ver la reacción del Partido del Trabajo. Apoyó con todo a Geovanna Bañuelos en Zacatecas, a Christian Agúndez, alcalde de los Cabos, y a Gerardo Sánchez Zumaya en San Luis. A estos dos últimos les dieron un tratamiento muy especial que, como la paloma negra, mejor se rajaron. Pero el maltrato ahí queda. No es que el PT tenga ni mucha congruencia ni tanta dignidad. Pero la exhibida fue de antología. Algo así hizo Rocío Nahle en la elección local del año pasado en Veracruz y le fue como en la feria: el PT pasó de gobernar 6 ayuntamientos a 29. Si nunca hay enemigo pequeño, en política tampoco hay aliados enanos.
Faltan por definir, aún, casi 20 mil cargos.
Lo que vimos fue la punta del iceberg. El drama se repetirá por todo el país.
¿Quién arbitrará? ¿Habrá árbitro que logre imponer la disciplina?
El gran reto de Morena es saltar esta etapa. La gran oportunidad de la presidenta es imponer sus fueros.
Es ya.
En el 2028 tiene otra cita: la revocación de mandato.
@fvazquezrig