Fernando Vázquez Rigada
Las elecciones recientes en Brasil y Estados Unidos dejan varias lecciones y reflexiones para México.
En este momento, aún no se conocen los resultados de Estados Unidos. El acumulado de encuestas revela una tendencia creciente a favor de los demócratas, pero las encuestas no votan.
Importan los temas que condujeron la elección.
El más importante: la economía. Estados Unidos ha creado empleo y su crecimiento no se ha detenido. Pero dos factores dominaron la agenda: la inflación y el alza de los precios de los combustibles, que golpean de frente el bienestar de las familias. El galón de gasolina costaba, en promedio, 3.07 dólares en 2024. Hoy cuesta 4.15, un aumento del 35%. Ojo: tras el ataque a Irán, llegó a estar en 4.50 dólares.
El otro factor fue el efecto de los aranceles sobre determinados distritos de estados clave. Un botón de muestra es la negativa china a comprar soya. Las compras fueron de cero durante algunos meses y cayeron hasta un 70% después. Esto golpeó de frente a productores de Iowa, Kansas, Nebraska y algunas zonas de Míchigan y Ohio.
También, la política migratoria del presidente Trump unió a su base más dura, pero alejó a los votantes latinos, que fueron centrales para su regreso. En su elección contra Kamala Harris, Trump obtuvo un respaldo latino del 48%. Perdió, pero cuatro años atrás había obtenido solo el 36%. Doce puntos son muchos puntos.
Algo similar ocurrió con el voto joven: este siempre ha sido prodemócrata. Trump logró atraer el voto de las mujeres jóvenes, particularmente. No ganó, pero, otra vez, su respaldo pasó del 36% a alrededor del 44%.
Otro tema que se extendió entre el electorado fue la sospecha de abuso de poder y corrupción.
Por último, la aprobación presidencial cayó hasta el 34%, una cifra similar a la de Joe Biden en julio de 2024. Aprobación no es voto. Desaprobación, sí.
Además, el presidente hizo que la elección girara en torno a él. Una apuesta arriesgada. A ver si sale.
Brasil, por su parte, deja una lección central. Parafraseando a Yogi Berra: las elecciones no se acaban hasta que se acaban.
Lula sufrió un susto mayúsculo en la primera vuelta. Se daba por descontada su derrota. Yo mismo lo hice. Me equivoqué. Lula aprendió bien y rápido.
Modificó su estrategia en tres aspectos: cobertura territorial, intensidad y estrategia digital.
Antes que nada, planteó claramente el dilema de la elección, inyectando miedo a perder la libertad —revivió el pasado golpista de Bolsonaro— y el fantasma de la ultraderecha. Simultáneamente, aumentó los programas sociales.
Lula se enfocó en incrementar la participación electoral en sus bastiones y en captar al electorado más moderado de quienes ya no estaban en la boleta. Votaron tres millones de electores nuevos. El presidente capturó dos de cada tres.
Inyectó una gran energía a su campaña, multiplicando sus mítines y la presencia de sus seguidores.
Por último, integró un gran ejército digital, «el ejército de Lula», comandado por el diputado André Janones. De tener una presencia digital dispersa, Janones creó una estructura castrense, con «misiones» diarias enfocadas en colocar mensajes mediante la sincronización de tiempos, redacción, palabras clave y multiplicación en redes.
La columna vertebral de la estrategia fue WhatsApp… y el candidato. Lula aceptó hacerse selfies y grabar videos, algo que antes había rechazado. Mejor adaptarse que perder.
Las elecciones siempre responden a condiciones particulares. Los candidatos importan, pero no lo son todo.
Y hay una serie de factores, más allá de ellos, que son los que finalmente determinan el resultado.
@fvazquezrig