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Las banderas arriadas

01/08/2007

México dilapida su recurso natural no renovable más valioso: el tiempo. El reino de la banalidad lo tiene atrapado y más: consume su creatividad, su energía, su potencial.

La República es una que se pospone a cada momento y que no logra su genuino despegue. Vive -lleva años haciéndolo- en la promesa del potencial y se rehúsa a entrar en la certeza de la realidad.
Como en un ensayo de Paz, las máscaras ocultan su verdadero rostro. México es una república, pero monárquica, en donde un pequeño grupo de familias ostentan y heredan el país. Controlan lo mismo los hilos del poder, que las cadenas de la producción, que los yunques del sindicalismo. Un grupo de caciques sigue mandando en esta República Monárquica igual que hace cinco siglos, cuando Cortés desembarcó en Veracruz en 1519. Y al cacique, decía Don Carlos Loret de Mola, se le perdona todo, menos perder.

México es además, una república federal, pero centralista. En la medida en la que los presupuestos de las entidades federativas dependan en 90% de los recursos provenientes del gobierno central, el proyecto federalista será una quimera pospuesta dos siglos.
En México, los gobierno panistas caen en la temible profecía de Margaret Thatcher: parecerse cada vez a su peor enemigo.

Como el poder sigue sin contar con controles efectivos, democráticos, legales, la mejor noticia, la alternancia, la transmisión periódica y pacífica del poder, sigue estando sometida al embrujo de Macbeth. Como en una tragedia shakesperiana, los hombres del poder del México pierden el rumbo cuando las brujas pronuncian la frase maldita:

-Tú serás rey.

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