Fernando Vazquez Rigada

Por Fernando Vázquez Rigada

Venezuela ha dejado de ser un país: es un drama.

Leopoldo Gómez, desde su reclusión incomunicada, grita a quien pueda o quiera oírlo: ¡Digan que me están torturando!

Maduro ha volcado su rabia y su ignorancia contra su pueblo. Van decenas de muertos.

El último de nombre preciso: David Vallenilla. Veintidós años. Enfermero. Muerto por el impacto de tres perdigones en el pecho que le reventaron el corazón. Manifestante asesinado por las fuerzas de seguridad de un cobarde, de un ignorante que heredó el poder y que no sabe qué hacer con él, salvo una cosa: aferrarse a él al costo que sea.

Nicolás Maduro es un golpista, igual que lo fue su inventor, Hugo Chávez.

Porque, ¿qué vemos en Venezuela si no un golpe de estado? Abolido el congreso, encarcelados opositores, cerrados la mayoría de los medios de comunicación, nulificada la independencia judicial, reprimida la población. ¿Cómo llamarle a eso?

Luisa Ortega, Fiscal General, enfrentará juicio por interponer recursos legales contra la intentona de crear una constitución a modo. ¿Cómo llamarle?

Convocar a una asamblea constituyente para evadir las elecciones y nulificar la mayoría opositora en el congreso solo tiene un nombre: golpe de estado.

Y aún así, ante una economía desangrada, ante el capital social aniquilado hay quien con su resistencia a condenar lo que ocurre, admite en silencio su admiración a ese régimen enloquecido y represor.

Aún así hay quien celebra el fracaso de México para condenar en la OEA al gobierno de Venezuela.

El intento falló, cierto, pero sólo en términos aritméticos.

La condena sumó 20 de 23 países necesarios. 20 países en donde residen 900 millones de personas.

La apoyaron Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Canadá, Estados Unidos, entre otros.

La apoyaron las naciones que acumulan el 98% de la riqueza continental y sin duda los mayores grados de libertad.

Hasta Ecuador, antiguo aliado, se abstuvo de apoyar el horror.

Al dictador lo apoyaron 5 naciones.

Venezuela no fue condenada por la solidaridad de Nicaragua, un país que lleva 22 años gobernado en dos periodos por Daniel Ortega, y por Bolivia, territorio indisputable de Evo Morales, con 11 años.

Venezuela logró evadir la condena por el voto decisivo de Dominica, una isla caribeña de 73 mil habitantes, San Cristóbal y Nieves, 53 mil, San Vicente y las Granadinas, 110 mil.

Las reglas democráticas son así: cada voto cuenta igual. Pero aquí votó por la condena  una aplastante mayoría. Insuficiente, pero aplastante.

Acaso el voto de esos 20 países sirva de aliento a quienes han tenido que marcharse. A los que sobreviven dentro. A los encarcelados. A los golpeados.

A la memoria de los ejecutados.

Un país es siempre un imaginario y una esperanza.

Venezuela es un desierto. Un sueño evaporado. Una promesa incumplida.

Quien quiera la libertad que hable ahora. O que hable y defienda públicamente al régimen destructor y homicida.

Lo que no se vale es callar.

El 19 la OEA fracasaba en condenar al régimen y forzar una negociación internacional. El 22 asesinaban a David.

Esa es la crónica venezolana.

 

@fvazquezrig

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