Fernando Vazquez Rigada

Fernando Vázquez Rigada

 

A Lilia, en su partida.

 

La comunicación nos hace humanos. La palabra es la herramienta más poderosa a nuestro alcance: la que nos permite expresar ideas, sentimientos, dolores, rencores.

La palabra es el puente que nos une o separa; que enamora o desilusiona; que cura o hiere.

Por eso hay que usarlas con cautela.

He procurado cosecharlas a lo largo de mi vida.

Hoy debí usarlas para anunciar una partida. Para consolar. Para intentar hacer menos penosa la realidad inevitable del ocaso de una vida.

Estuve largo tiempo tratando de espigarlas para que dolieran menos. Fue muy difícil hallarlas y, más, pronunciarlas.

La suma de palabras crea un lenguaje. Con él nos entendemos. Al entendernos, podemos cooperar, construir, dirimir.

Sobre el lenguaje, se construye el relato. Nos recuerda Noah Harari: es el relato lo que nos da identidad y, al hacerlo, nos permite cooperar. Las redes de colaboración surgen no de la información ni de la verdad: emergen de la creencia. De un origen y de un destino común.

Aún basados en ficciones, los relatos que se transmiten boca a boca por cientos o miles de años, constituyen los lazos que nos abrazan y dan sentido a nuestra vida.

Las familias se forman también de esos relatos personales, particulares. De esas nociones comunes. De lo que creemos y decimos.

Las palabras nutren la vida. La forman y le brindan sentido. A veces luz.

Por su poder, las palabras deben usarse con cuidado. Algunas deben estar en la gaveta de lo impronunciable. Otras, las que nos conducen al amor, a la solidaridad, la gratitud o el consuelo, el afecto y la misericordia, deben usarse pronto y a menudo.

Decir a quien se ama en su momento, cuando sus ojos aún están llenos de luz la importancia de su vida sobre la nuestra; al amigo cuyo consejo y afecto conforta nuestra reciprocidad; a los padres y mentores nuestra gratitud.

Esas son las palabras que pronunciadas en su momento, nos vuelven humanos.

Todos deberíamos tener en nuestras vidas grandes granjas donde cultivar palabras nobles.

Seríamos, quizá, un poco mejores y acaso pudiéramos conjurar el ruido ensordecedor que nos aturde.

Eso pensé hoy, antes de pronunciar las palabras más difíciles: las de decir adiós.

 

@fvazquezrig

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