Fernando Vazquez

16/05/2011

En el cénit de la guerra fría, la ultraderecha mundial acuñó una frase lamentable: “el mejor comunista es el comunista muerto”.

La eliminación física del adversario no es nueva. César recibe como regalo la cabeza de Pompeyo, en Egipto. Robespierre corta la cabeza y la oposición política de Dantón. Para Stalin no es suficiente el exilio de Trotsky: su largo brazo ejecutor lo alcanza en Coyoacán. Hitler arrasa con Roehm en la noche sangrienta de los cuchillos largos. Nixon avala la muerte de Allende. En México, Carranza mata a Zapata y Obregón a Carranza, Villa y Francisco Serrano. Hay ocasiones que el poder no conoce la esquina del perdón.

Con todo, hay coyunturas en que incluso la muerte no basta. Surge, entonces, la profanación del cadáver. Aquiles humilla el cuerpo sin vida de Héctor. Roma ordena la desaparición de los restos de su mortal enemigo: Aníbal. El imperio español decapita a los cuatro líderes de insurgentes, encabezados por Hidalgo, y exhiben sus cabezas en celdas de hierro en cada una de las esquinas de la alhóndiga de Granaditas. Stalin ordena al ejército Rojo desaparecer el cadáver de Adolfo Hitler y la CIA ordena la ejecución de Ernesto Guevara, el Che, en la sierra boliviana y luego la diseminación de sus restos. El cuerpo inerte se profana o se elimina porque hay muertos que dejan mucha vida atrás.

La profanación del cadáver se da porque, en el otro extremo, existe la exaltación del caído, que hace que la influencia política se extienda más allá de la muerte. Los faraones eran preservados para simbolizar la continuidad de su poder. Francia hace reposar los restos de Napoleón Bonaparte en un monumento, los Inválidos, cuya arquitectura obliga a hacer una reverencia frente al ataúd. El cuerpo de Lenin preside la Plaza Roja de Moscú y el de Mao la de Tiananmen, en Beijing. En el bicentenario de la independencia de México, Felipe Calderón organiza un desfile tétrico con las calaveras de los Insurgentes.

La muerte de Osama Bin Laden lanza símbolos a todo el planeta. El primero y más lamentable: la supresión del adversario sigue siendo hoy tan válida como lo fue ayer. La contradicción central de los Estados Unidos, señalada por Octavio Paz, sigue vigente: Norteamérica es, a la vez, una democracia y un imperio. Para sus ciudadanos, democracia. Para el resto del mundo, imperio. La democracia controla el poder. El imperio lo ejerce, brutal y sin freno.

Estados Unidos utiliza el mismo veneno que cobró la vida de miles ciudadanos inocentes. Al ejecutor, no se le juzga: se le ejecuta. Al terror no se le combate con la ley, sino con más terror. Para el agresor no hay justicia: hay venganza. La moral no se defiende con principios, sino con el gatillo. El enemigo se convierte en una presa.

La misma algarabía inaudita que estalló en el fundamentalismo árabe con el derrumbe de las torres gemelas se repite hoy en Washington, en Nueva York y en los hogares de millones de familias en el mundo. Es el festejo tétrico de la muerte. La supresión física del adversario le da un brinco a la popularidad del presidente, porque en el fondo el norteamericano está consciente y orgulloso de su doble condición: demócrata e imperial.

Al lado de la utilización de comandos de la muerte, Estados Unidos recurre a la vieja recomendación de los monarcas franceses. Para matar a un enemigo no sólo se precisa su muerte física: hay que matarlo moralmente. Por ello, se procedió a la mediatización de la muerte de Bin Laden.  El presidente permite la entrada de un fotógrafo que plasme para el consumo mundial la cacería del enemigo, transmitida en vivo por el comando ejecutor. Tras la ejecución del líder de Al Qaeda y la desaparición de su cuerpo, se procede a la destrucción de su símbolo para el mundo árabe: se filtran los videos que lo muestran ensayando sus mensajes, tiñéndose la barba. Se trata de demoler la imagen pública del adversario. Por eso, a Estados Unidos no le basta con matar al líder de Al Qaeda ni profanar su cadáver: había que matar lo que significaba.

No hay gran cosa que festejar. La forma de la supresión palidece la buena noticia de que el rey del terror no pueda volver a actuar. El fin ha vuelto a justificar los medios. Las grandes transformaciones económicas, tecnológicas y sociales recientes no han ido acompañadas de reformas sustantivas al ejercicio del poder ni a la estructura moral en la que se asienta.

Los mensajes del derrumbe de las Torres Gemelas, la ejecución del terrorista por un escuadrón de la muerte son que existen, en esta extraña sociedad global, valores por encima de la vida humana.

Esta triste premisa no sólo se transmite masiva a todo el planeta: se festeja.

Antes de aplaudir, deberíamos volver a plantearnos no qué mundo le estamos heredando a nuestros hijos, sino algo más relevante: qué hijos le vamos a heredar a nuestro mundo.

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