Fernando Vazquez

17/05/2009

Una de las tentaciones mediáticas más importantes es tratar de construir realidades. Desde que Orson Welles causó una conmoción feroz en Nueva York tras emitir en su programa de radio el primer capítulo de la Guerra de los Mundos, quedó establecido que el poder de penetración de los medios era inmenso y podía alterar la vida de las sociedades.
A partir de entonces, la utilización de los medios no para informar, sino para construir realidades, ha sido un recurso cotidiano del poder político, empresarial o religioso.
La irrupción de la epidemia de influenza en México nos tomó desprevenidos. El brote emergió en la capital y colapsó a la primera economía del país. El DF es, además, el corazón político de México y su principal caja de resonancia.
A partir de la creciente en el número de víctimas de la influenza, la sociedad comenzó a pedir explicaciones sobre su origen y sus alcances. Pronto, muy pronto, la crisis local contagió a la aldea global. El mundo, entonces, salió en la búsqueda de explicaciones y de responsables.
En un principio, alguien, indebidamente, calificó a la influenza como porcina. Fue indebido porque, desde su aparición, se identificó que el virus incluía un componente humano, uno aviar y otro porcino. El hecho es que así fue etiquetado como producto de una venta mediática que fue, de inmediato, adquirida por millones de seres humanos en todo el mundo.
A continuación, se buscó ubicar geográficamente el origen del virus. A pesar de que Distrito Federal había registrado, por mucho, el mayor número de infectados, los medios nacionales buscaron el origen del brote allende la ciudad capital. Lo encontraron en Veracruz.
La región de Perote, se informó, había tenido un poderoso brote de gripe, en la humilde comunidad de La Gloria, apenas el mes pasado. La Gloria, además, se ubicaba en una zona de producción porcícola. Además de la producción propia de sus habitantes, la comunidad se ubica a 9 kilómetros de las instalaciones de Granjas Carroll: el principal productor porcícola del país, que genera más de 3 mil empleos en el Valle de Perote. En su exceso, los medios del mundo crearon a un personaje, la víctima central, de carne y hueso, de esta tragedia global: el niño Edgar Enrique Hernández.
La conclusión de este silogismo fue rotundo y aplastante: México era culpable, Veracruz era el foco de infección y Granjas Carroll el causante de la tragedia mundial. Todas las victimas del contagio en el mundo se simplificaron en un nombre: Edgar Hernández.
El silogismo, repito, fue rotundo y demoledor, pero era falso.
Una a una, las premisas de este dicho han venido derrumbándose. Bien pronto, los principales organismos internacionales negaron que la influenza tuviera relación directa con el sector porcícola. La denominación fue transformada a influenza humana A/H1N1. Pero era tarde. El daño a la industria porcícola había sido devastador. El consumo mundial se derrumbó. Egipto sacrificó a 300 mil animales. En México el precio se desplomó. Miles de familias que dependen de la actividad vieron esfumarse sus ingresos.
Después, se aclaró que el primer caso registrado con este tipo de virus no procedió de México, sino de Estados Unidos. Se trata de un joven granjero de Wisconsin, Estados Unidos, que adquirió el mal en el año 2005 tras participar en el sacrificio de cerdos y, posteriormente, de pollos por motivo de las fiestas del día de acción de gracias. Da igual: Estados Unidos tiene hoy más infectados que México, pero aquí, por la construcción de la mentira, un huracán diez veces más devastador que Gilberto arrasó con la industria turística nacional. Peor: la industria mexicana de exportación de alimentos está sufriendo también las consecuencias de la pandemia informativa.
En México, la epidemia no comenzó, como se afirmó con ligereza, en la Gloria, sino en el Distrito Federal, de acuerdo a la información del Secretario de Salud Federal, José Ángel Córdova Villalobos. Con todo, el daño para Veracruz ha sido mayúsculo, pues se ha asociado a una región entera con una tragedia –que lo es- nacional. Recuperar el prestigio de la producción de embutidos y productos de cerdo de la región requerirá de años. Falta ver la verdadera magnitud sobre nuestros mercados turísticos, sólidamente posicionados en el viajero nacional. Por lo pronto, las autoridades han anunciado que el WTC Veracruz ha visto cancelar la mayoría de los Congresos y Convenciones programados para este mes y junio.
Granjas Carroll, por su parte, se vio forzada por el linchamiento mediático a solicitar la intervención de diversas autoridades para comprobar la calidad de su funcionamiento.
Una a una, las autoridades de los tres niveles de gobierno han dicho lo mismo: la empresa posee procesos de calidad, siempre apegados a las leyes mexicanas. Smithfield, el coloso mundial de producción porcícola ha manifestado, en un comunicado emitido el jueves pasado, que se siente orgulloso de sus plantas veracruzanas.
El gobierno del estado verificó el funcionamiento de las granjas y no encontró problema alguno. La CONAGUA no halló violaciones al manejo de agua y mantos freáticos. CENEPRIS manifestó que no había síntomas de enfermedad ni en la empresa ni en el Valle de Perote. SENASICA, un laboratorio de clase mundial de SAGARPA, confirmó, finalmente, lo que ya se había afirmado: las muestras tomadas a los cerdos de la empresa validaban su salud: no hay, pues, influenza ni ninguna otra enfermedad en sus animales.
Carroll, desde el primer día de crisis, manifestó que no existía un solo caso de enfermedad alguna en sus 60 mil vientres ni en sus 500 mil cedros en desarrollo. Tampoco en sus más de 900 trabajadores directos. Si esto era cierto, como lo fue, ¿no era previsible anticipar que el brote más agresivo hubiera sido en la empresa y en las comunidades donde viven sus trabajadores y no en la ciudad de México? Si, por supuesto. Pero no era una historia vendible para los medios.
La construcción de realidades es un asunto vendible, pero peligroso. El caso de la influenza en México prueba que la construcción mediática, al menos en principio, es más poderosa que la verdad científica.
Como en un libro de Berger y Pauwles, los brujos han vuelto, y tratan de controlar a la verdad

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